jueves, 29 de julio de 2010

My Way

Dentro mío está plagado de carteles indicativos falsos o, en el mejor de los casos, errados. Las frecuentes señalizaciones de "SALIDA", que me aparecen cada dos pasos como hojas en otoño, asiduamente me llevan a callejones que carecen precisamente de ella. Detrás de los de "PROHIBIDO PASAR", "PELIGRO", "NO PISAR", que mi lado conservador dispone con firmeza y letra gruesa, para mantener en orden y secreto vaya a saber qué, suelo encontrar una verdad, una solución, una satisfacción oculta.

Caminando por mis calles voy discirniendo, poco a poco, cuales son aquellos también que mi enemigo íntimo gira en direcciones opuestas, o fabrica sobre la marcha y los clava ahi, en alguna oscura esquina de un barrio que desconocía en mi ciudad, cuando ando medio desorientado, aumentando la confusión. También lo hace cuando mis pasos van bien encaminados. Asi, como el Coyote al Correcaminos.
Cuesta ignorarlos. La mayoría son tentadores por los atajos que ofrecen o por la tranquilidad y comodidad que proponen.

Partiendo de esta base, no me queda otra que optar por hacerles la contra.

"ATENCION - A 100 METROS PRECIPICIO - GIRE A LA DERECHA". Bueno, me mando por la zurda. O sigo derecho, seguramente no exista tal vacío.

Desempolvo la brújula del instinto cuando estoy en tierra de nadie. Dicen que para nacer hay que destruir un mundo. Que la vida surge de la muerte. Que para salir bien a flote, se debe pisar fondo. Supongo que para encontrarnos, entonces, a veces debemos perdernos. Suelo adentrarme en mis laberintos y me mando a la marchanta a pura intuición, a lo perro, solo valiéndome del olfato. Y puedo asegurar que cuando más perdido parece que estoy, cuando parece que me embromé, que no voy a salir nunca de ahí, encuentro de repente a mi costado coherente doblando alguna esquina, como quien no quiere la cosa. Pero no, nunca por casualidad.

-Hey! Apareciste... vení, vamos a tomar algo y charlamos. Andá a saber cuando te vuelva a cruzar...- me dice, me digo.

Y son esos momentos donde me desayuno lo bien que la paso conmigo.

domingo, 25 de julio de 2010

Dios me salve, María...

- Esto sos vos -, me dijo, y señaló alrededor de nuestro hogar.
Lejos de resumirme a un puñado de cosas, a través de todo eso que fui adquiriendo en pos de un proyecto de convivencia, poquito a poco, me mostraba la evidencia de lo apto y diligente que era a la hora de encarar una responsablidad de ese tipo. Pero ese día había vuelto a fallarle. Tenía que pasar música en una fiesta de cumpleaños en el bar de un amigo, y...

- A que hora volvés?
- Entre las 5 y las 6, bebé.

Caí a las dos y media de la tarde. Los malos hábitos me habían arrastrado lejos de ella y de mí por milésima vez. Una vez más, mi escaso metro setenta, mis setenta y tres kilos y mi falta de conducta habían desatado un vendaval de angustia que se llevó puesto no solo a mi pareja, sino a mis suegros y a mis padres, que lloraban desconsolados a la distancia. Casualidad o instinto, llamó mi madre esa mañana desde Mar del Plata, cosa que nunca hace, para ver como estaba. Vicky, con el agobiante peso del desvelo a cuestas, no pudo contener el llanto y confesar que no había regresado, con todo lo que eso implica un día de semana.

-Esto sos vos - me repitió.

La tristeza infinita de ver como había roto en mil astillas la vasija de cristal donde estaban depositadas mi credibilidad y su confianza, se traducía en un vacío interno que se expandía lenta y dolorosamente, como una ola de antimateria que desintegraba mi carne y mis órganos, dejando como resultado un cuerpo ahuecado donde solo habitaba mi alma expuesta, que para ese entonces se hallaba reducida al tamaño de una luciérnaga herida que titilaba lastimosamente en la silenciosa oscuridad de la nada.

Cuando desperté, a eso de las ocho de la noche, comencé a juntar mis prendas. Todo estaba acabado, lo había roto todo. Jalé demasiado de una soga que no era tan gruesa a esta altura de mi vida, solo un rejunte de hilachas absurdas. La pena y la desolación ahora carcomían lo que quedaba de mi alma avergonzada. El viejo recurso de comparar mis miserias con las de otros seres despreciables ya no surtía efecto: era un miembro más de ese club bastardo. Y no iba a soportar ni el fulgor de la pureza de su mirada ni la tela brillosa de sus ojos donde se pincelaba la defraudación.

Contra todos los pronósticos, su misericordia me acarició el rostro, me abrazó y me besó.

- Esto sos vos - dijo por última vez.

El reciente hecho todavía hace mella en mi. Solo puedo mitigar los resabios de depresión que arrastro por el injusto daño que había causado a la gente que amo expresándome a través de estas líneas, decorando este espacio como un confesionario, y aquel que lea esto será forzosamente mi párroco.

Asi que Padre Nuestro que estás en los Cielos...

martes, 20 de julio de 2010

Cráneo candente

Me hallaba en un pequeño, íntimo y oscuro bar de Tilcara con quienes compartí mi viaje al norte: Mel, Pitu, Renata, Rulo y Solcito. Habíamos ido allí varias veces, cuando necesitábamos oir un poco de rock nacional. El dueño era un tipo macanudo de Buenos Aires, Munro, pero hacía varios años se había asentado ahí, porque halló su lugar en el mundo.
Esa noche nos acompañaba un chabón de Capital, barrio de Chacarita, que estaba laburando en el camping donde parábamos. Cayó a Tilcara porque en su barrio se la tenían jurada. Un flaco copado, de cara felina y rastas rubias, que no recuerdo su nombre y que nos acompañó un par de veces en salidas y cenas, hasta que partimos a otro pueblo.
Bebíamos y charlábamos tranquilamente. Disfrutábamos la intimidad del barcito, ya que no había casi nadie, solo un par de lugareños en una mesita más alejada y otro, pegada a la nuestra, que estaba bastante borracho. Era muy parecido a Rubén Patagonia, y tenía un sombrero de duende. Nos miraba y sonreía.
No se en que momento sucedió, ni porqué, ya que estaba charlando con mis amigos, pero noté de repente que el lugareño y nuestro compañero de turno hicieron rancho aparte y discutían, cada uno desde su mesa. Sin ser demasiado entrometido, comencé a prestarle atención al motivo de su cruce. Me sorprendí gratamente cuando oi hablar al ebrio, citaba a Marx y a las revoluciones. Siempre es grato apreciar que a diferencia de muchos, algunos portan un pedo digno, lúcido y coherente.
En un momento, dijeron así:

-...porque los del interior se quejan del porteño, pero cuando van allá nadie los jode, son bien recibidos, porque al final somos todos argentinos y...

-¿Sos argentino? problema tuyo. Yo soy aymará.

-Lo que sea, el punto es que se la pasan hablando de nosotros y los que más dicriminan son los del interior.

-¿Discriminar?

Se quedó en silencio por un segundo. Luego lo miró a los ojos con firmeza y tristeza. Finalmente, dijo:

-Quinientos años de dominación.

La discusión terminó ahi.

miércoles, 7 de julio de 2010

Es tan simple asi: no podés elegir...

Carlos Toledo, el Charly. Fiel amigo de mi hermano mayor desde la adolescencia, amigo de la familia desde que era yo bebé. En esos años se fundaba el MAS, movimiento socialista formado por Luis Zamora entre el '83 y el '92, y el fue uno de sus primeros militantes. Inteligentísimo y sensible, extremadamente educado, de modos muy elegantes, voz suave y profunda, amante de Rush y su batero Neil Pert (fue también batero de una banda en los 80's llamada Alerta Rojo), alto y flaco, físicamente era la perfecta unión de Skay Beilinson y Bob Geldof, tanto en su porte como en su parecido. Recuerdo que teniendo yo entre los cuatro y los siete años, se amotinaba en la pieza de mi hermano a fumar porros, y me llamaban. Mientras jugaba con mis muñecos de He-Man, me hacían preguntas. Y flasheaban con las respuestas que daba, propias de la simpleza con la que un niño entiende la vida, antes de complicarse uno la vida con la vida misma, asi como ellos dos que, entendía luego, ya habían comenzado a complicársela, y buscaban un poco de esa simpleza e inocencia que habían perdido hace rato. Y el fumaba y me miraba, pensativo, maravillado.

Siempre tenía cuentos de filosofía oriental para contar. Y nos los contaba a mí y a mi padre, quien lo amaba y admiraba mucho. También yo lo admiraba por cómo narraba esos cuentos maravillosos. Y también por su bondad y por la paz que transmitía. Charly era de esos que su presencia te hacía sentir bien.

Fue uno de los primeros programadores informáticos del país, cuando las computadoras eran algo que solo se veían en películas de ciencia ficción. Recuerdo que lo hacía en la compañía de helados La Montevideana, y también en muchas otras de capital y el interior del país, el cual recorría programando aquí y allá y ganaba muchísimo dinero. Dinero que poco duraba en sus manos. Me contaba una vez Marce, mi hermano, que luego de uno de estos viajes, se encontraron y fueron los dos juntos a un boliche. Encaró la barra y preguntó:

- ¿Cuantas botellas de Baron B tenés?
- A ver... unodostres... ocho.
- Bueno, reservamelas todas, por favor.

Y asi fue como durante la noche compartió siete botellas de Baron B con mi hermano, porque una de las ocho la convidó a una mesa cercana con el clásico: "tengan, yo invito". Porque sí.

A lo largo de toda su vida, la gran cruz con la que Charly cargó fue su adicción a las drogas duras. No se si era general o común en los 80, pero sí puedo afirmar que era costumbre entre los amigos de mi hermano consumir cajas y cajas y frascos y frascos de pastillas. Aseptobrón, Romilán, Tamilán, etc. O tomar de un tirón una o dos pepas enteras, e inyectarse cocaína diariamente. Todos los días, algo se consumía. Y no bajaba de eso. Pero lo sorprendente era como ninguno manifestaba, a simple vista, rasgos, tics o comportamientos de adictos. Por el contrario, venían a mi casa, tomaban la leche con vainillas o los licuados de banana que mi mamá les preparaba, y que yo compartía con ellos, y luego subían a la pieza de mi hermano a hacer de las suyas.

Pasó el tiempo. Yo había crecido, y a Charly prácticamente lo había dejado de ver. Cuando 1996, ya con 16 años, mi hermano cumplía 30 y fui a saludarlo, solo, a su departamento en Emilio Mitre y Pedro Goyena. Estaba con tres amigos más. Uno, apodado "El Búfalo", amigo del secundario, otrora regente de Palladium. El otro no recuerdo. Pero con alegría, vi que el tercero de ellos era Charly Toledo.
Charlábamos entre todos y tomábamos cerveza. En un momento, le pregunté a mi hermano si podía fumarme un porro. Mi hermano se puso mal. No le gustaba ver o saber que su hermano menor transitase por ese camino que, a esa altura de su vida, le había dado muchas lecciones para mal. El imaginaba, suponía que yo lo hacía, pero ciertamente era la primera vez que daba a conocer que fumaba marihuana. Al ver sus primeras lágrimas desistí de mi propuesta, y se empezó a hablar del tema drogas, donde fui aconsejado, sobre todo por el tema de la gilada.

Cuando me fui, Charly vino conmigo, caminando para el mismo lado de mi casa por la avenida Juan Bautista Alberdi. Doblamos en el pasaje Bertres, que es muy tranquilo, y prendí el porro. Me dijo que entienda a Marcelo, y que a él no le parecía "mal" que fume marihuana, pero que me cuide con el resto. Recuerdo que lo que estábamos fumando nos hacía toser mucho, y me explicó que es porque algunos le ponen Gamexane al faso.
Charly no estaba muy bien en ese entonces. Ahora sí se notaban las secuelas de tantos años de excesos. Se notaba en su aspecto, y en su manera de expresarse, como nerviosa, aunque siempre dulce y suave. En un momento de la charla, donde filosofábamos, dijo:

-¿Sabés qué Pichi? una vez me preguntaron qué cambiaría de mi vida si volviera a nacer. Y yo dije: "nada". Porque si mi vida así no hubiera sido, si algo la hubiese alterado, probablemente no habría conocido a mucha gente maravillosa, como tu familia, tus padres, tu hermano..."

Volvió a pasar el tiempo. Me cruzaba a Charly muy cada tanto por el barrio, y ya estaba bastante mal. Vestía como un vagabundo, con un sobretodo marrón antiguo, barba de días, el pelo muy sucio, y rengueando. Tenía el pie inflamadísimo. Luego supe que, como no le daban los brazos, comenzó a inyectarse ahi abajo, en el pie, y se le infectó. Supe también que había dejado todo, casa, trabajo, y se internó en la villa de Cobo y Curapaligüe, cerca de los dealers, junto con varios linyeras, los cuales le armaron una camita de cartón, y allí y así decidió terminar sus días.

Pero asi y todo, Charly no se permitió morir un triste invierno: se marchitó un 21 de Septiembre.

Desde ese entonces, los Días de la Primavera nunca volvieron a tener el mismo encanto para mi.