En estos días de luto nacional para un sector, gente que quiero, aprecio, atesoro, valoro, gente cercana y de buen corazón, me ha ofendido.
Se que no lo han hecho intencionalmente. Que lo han hecho de forma indirecta, sin saber que me estaban afectando. Muchos desconocen mi simpatía por este gobierno, ya que no soy alguien que ande por ahí haciendo arengas políticas, militando ni manifestando abiertamente mis creencias, apoyos y convicciones políticas. Quizá para evitar alguna discusión, quizá para sortear alguna tensión. Una forma cobarde y pasiva de actuar, visto desde los ojos de la pasión. Una forma prudente, visto desde los ojos del respeto y del conocimiento propio: me reconozco pasional a la hora de discutir, no así necio ni cerrado. Es entonces que decido y prefiero no mencionar la política en ciertas reuniones, si no conozco bien la posición dominante, y optar por elegir los siempre encantadores, sencillos y apasionantes temas como el fútbol, la música, películas, series, libros y demases. Lo que no evita que varias veces tenga acaloradas discusiones con alguno que otro que no tomó en cuenta lo que yo sí, empieza a mandar fruta, y ahí planto bandera y discurso.
A través de las redes sociales, me he encontrado con desafortunados exabruptos, comentarios repudiables y posturas incomprensibles por gente de mi misma condición social, de mi misma edad, más jóvenes incluso, todos laburantes, opinando venenos como viejos acomodados de clase alta, injuriando en contra de sus propios intereses.
La muerte es un tema sensible, sin dudas, pero en absoluto me manifiesto en contra de un chiste negro. Soy gran simpatizante de ese estilo de humor, suelo comentar barbaridades tremendas, chistes de mal gusto, provocar algún repudio y carcajadas de gente con pocos escrúpulos, así que no pasa mi ofensa por un cauce ético ni moral, que exige "un poco de respeto, che, al finadito".
Pero la diferencia radica dónde y cuándo los hago: nunca delante de desconocidos ni de gente a la que sé que puedo humillar en su amor propio o herir. Siempre con gente que me conoce y que sé de su humor sin límites ni prejuicios, o que les chupa un huevo. Menos aún, entonces, a través de una red social, tan expuesta al mundo todo.
La imprudencia, que echa hielo y brasas a los corazones, y camuflada como libertad expresiva (a pesar de que este gobierno la coarta, y la Ley de Medios sea un vehículo para llevar a cabo la sencilla y fácilmente viable empresa de eliminar todos los medios opositores e implantar sólo medios oficiales) decidió que era buena idea mofarse públicamente del deceso de alguien a quien cientos de miles de personas respetan, admiran, valoran, apoyan, adhieren y/o aman. Y que sienten eso por motivos tangibles, presentes, innegables: gracias a ciertas medidas en pos de un proyecto y un modelo, miles de argentinos que hace unos pocos años atrás estaban dentro de ese 50% de pobres, y comían de la basura, estaban ese miércoles, jueves y viernes a moco tendido, despidiendo a uno que les devolvió la dignidad de tener un plato de comida caliente, trabajo, jubilación, subsidios, cierta igualdad. Pibes que desconocían las tostadas con manteca y mermelada y la leche chocolatada antes de la Asignación Universal por Hijo. Oigo a un flaco, menos de 25 años, que en los 90 "andaba sin zapatillas, revolviendo tachos... ahora laburo, Néstor y Cristina en casa son mamá y papá". La señora, ama de casa, que cobra una jubilación "por haber cuidado mi casa y criar a mis tres hijos". La muchacha con el niño en brazos que con su presencia agradece, llorando, porque "mis viejos vivían en un rancho, y ahora tienen un techo digno y una jubilación, que nunca tuvieron". Como la viejita que sollozaba y afirmaba que "estuve siete años para cobrar mi pensión, y llegó Néstor y entré a cobrarla, y ahora tengo mi platita para comer". Y los ex combatientes de Malvinas, héroes pidiendo limosna, eternamente ninguneados, que hoy cobran por primera vez un subsidio y ahí están, haciendo cola solamente para agradecer. A qué humilde perjudicaron para generar tanto odio?
Me ofende, si, porque nunca les falté el respeto, que gente que aprecio me considere, a mí y a tantos otros que piensan como yo, que reconocen y valoran estos gestos que me resultan inéditos, como un ingenuo, un ignorante, o directamente un descerebrado. Un imbécil del montón que cree que, por ejemplo, el encarcelamiento de los genocidas es una maniobra para que los idiotas pensemos que el gobierno está comprometido con una causa que no es genuina, sino demagógica, y que manipulan y se "apropian" (?) de los Derechos Humanos. Un absurdo que insulta la inteligencia de cualquiera. Como si la agrupación H.I.J.O.S., las Madres y Abuelas de la Plaza, actores, reclamantes y beneficiarios principales de esta política, en algún momento hubiesen planteado que para poner tras las rejas a los asesinos, violadores y torturadores de sus padres, madres, hijos y hermanos, debían hacerlo "sin demagogia". Sino no, que sigan libres hasta que venga alguien que lo haga porque lo siente "de veras".
Mientras los tarados aplaudimos la derogación de las leyes de impunidad, el desconocimiento de los que tienen "la posta" cobra forma y expone los discursos fallidos: demagogia es lo que utilizan en campaña aquellos que por un puñado de votos dicen lo que suena bien y queremos oír, fogueando las emociones populares. Llevado a la práctica deja de ser demagogia, pasa a ser acción política. Un hecho. Punto.
Antes del 2003, podías encontrarte a Etchecolatz o Astiz tomando un capuccino en una esquina de Recoleta, o paseando sus almas harapientas en El Rosedal. Hoy sus intestinos, desacostumbrados, se retuercen en una mugrienta letrina de la tumba.
La bofetada, el odio y el desagradecimiento como moneda de cambio al reconocimiento, por mínimo que sea, es lo que pone a mi sentido común y de justicia en un lugar de desconcierto, a balancearse en la cima de una inmensa piedra negra, angulosa y resbaladiza, que se alza en medio de un circo aburrido de caras sin ojos ni oídos, solo bocas que no callan nunca.
viernes, 29 de octubre de 2010
miércoles, 27 de octubre de 2010
Chau, crack!

Adiós al más grande líder político y estadista de las últimas siete décadas.
Enorme pérdida para los sin jeta, cuyo vacío experimenta cruelmente con mis esperanzas y con la sensación de desamparo. En mi memoria siempre.
Se fue laburando.
"Cuando estaba en la cama me decía: 'levantate, no te podés quedar en la cama. Tenés que acompañar a Cristina'"
GRACIAS!!!!
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Homenaje
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Y un día volviste
martes, 14 de septiembre de 2010
Y un día volvió *
Blando sueño de la infancia
que hoy chistaste a mis espaldas
tu carita me es lejana
pero siempre familiar,
yo que te abandoné lejos,
como un santo a un mal deseo,
hoy volvés como un espejo
que refleja años atrás.
Sin rencor pero angustiado
me mirás como a un extraño
la pupila se te agranda
y entre el brillo me mandás:
"qué tirado me has dejado,
mirá que flaquito estoy...
que fue de aquellos anhelos
que arropé en tu corazón...?"
Yo te abrazo y te acaricio
y te siento las costillas,
qué poquito que has manyao'!
pesa más una colilla...
huelo en tu hombro ese perfume
de mi antigua habitación,
y el aroma de la almohada
donde forjé esa ilusión
que hoy me chista y me reclama
lo que fui, y ya no soy.
Que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.
Ya amanece, cierra un bar
vení que te quiero invitar
marcho una copa, prendo un pucho
vos meta chocolate y churros...
tu inocencia me condena
y avergüenza mi pesar.
Queda tanto por hablar
pero se nos cierra el bar,
y es ahí cuando de nuevo
oigo lejano al churrero
que con su canasto lleno
nos invita a irlo a buscar...
Viejo amigo, sueño mío,
no culpemos al olvido
que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor,
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.
*Dedicado a mis viejos, y a aquellos churreros de la costa Atlántica, estén donde estén, que aportaron su granito para hacer de mis vacaciones de niño un lugar más sabroso.
que hoy chistaste a mis espaldas
tu carita me es lejana
pero siempre familiar,
yo que te abandoné lejos,
como un santo a un mal deseo,
hoy volvés como un espejo
que refleja años atrás.
Sin rencor pero angustiado
me mirás como a un extraño
la pupila se te agranda
y entre el brillo me mandás:
"qué tirado me has dejado,
mirá que flaquito estoy...
que fue de aquellos anhelos
que arropé en tu corazón...?"
Yo te abrazo y te acaricio
y te siento las costillas,
qué poquito que has manyao'!
pesa más una colilla...
huelo en tu hombro ese perfume
de mi antigua habitación,
y el aroma de la almohada
donde forjé esa ilusión
que hoy me chista y me reclama
lo que fui, y ya no soy.
Que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.
Ya amanece, cierra un bar
vení que te quiero invitar
marcho una copa, prendo un pucho
vos meta chocolate y churros...
tu inocencia me condena
y avergüenza mi pesar.
Queda tanto por hablar
pero se nos cierra el bar,
y es ahí cuando de nuevo
oigo lejano al churrero
que con su canasto lleno
nos invita a irlo a buscar...
Viejo amigo, sueño mío,
no culpemos al olvido
que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor,
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.
*Dedicado a mis viejos, y a aquellos churreros de la costa Atlántica, estén donde estén, que aportaron su granito para hacer de mis vacaciones de niño un lugar más sabroso.
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Letritas
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Su recuerdo le agitó la savia
Lo que me mata de los viejos es esa regresión a la infancia que tienen en el crepúsculo de su vida. Me refiero a ese comportamiento desobediente, anárquico y rebelde, propio de los niños, y esa pérdida de unos modales que son implantados precisamente en esa etapa germinal de la vida para encarar una sociedad, un mundo y un sistema del que ya se están despidiendo con un corte de manga.
Se mandan unas cagadas de novela y ante la increpancia esgrimen una sarta de justificaciones y mentiras donde uno no sabe si está hablando con alguien de ochenta y nueve años o de tres.
Mi abuela China, esa con quien cada tanto sueño, en sus últimos tiempos estaba intratable. Todo aquel que la rodeara corría riesgo de volar en pedazos. Y se cagaba en todo lo que uno podía decirle porque, o se olvidaba completamente que se le había advertido que no haga algo, o simplemente porque a esa altura de su vida, noventa y pico de años, no iba a cambiar hábitos que la acompañaban de hacía décadas, lógicamente. Y también porque le chupaba una teta. Entonces si la retabas por hacer lo que no debía, porque era un peligro a su edad, revoleaba la mano derecha hacia atrás propiciando un certero "máaa, váyanse al catzo vos y todos". Y ante esa respuesta me cagaba de risa y ella también, y ahí quedaba todo. Hasta que al rato se mandaba otra, como la vez que se confundió la heladera con el horno y metió el sifón de soda de vidrio dentro de él, que por suerte estaba apagado. Al respecto, las llaves de gas las dejaba constantemente abiertas y como la cocina estaba pegada a un patio interno, zafamos cantidad de veces de morir como ratas.
La abuela China todo el tiempo me estaba asistiendo y proponiéndome hasta mi hartazgo comer de todo. Me acechaba cuando estaba leyendo o viendo tele.
-Javiercito, te preparo una leche?
-No, gracias abu.
-¿Y un sanguchito?
-Nah, tá bien, posta.
-¿De veras no querés un pedazo de pollo?
-No, en serio...
-Dale, te hago un paty.
-¡Pero! ¡Que no!
-Hay galletitas...
-¡No, abue! ¡No tengo hambre! ¡Te juro que te re agradezco, pero no!
-Bueno, vos decime si te agarra hambre que a mi no me cuesta nada eh.
-Dale, te aviso.
Luego se sentaba al lado mío y a los diez minutos arrancábamos de nuevo el mismo diálogo. Y así, entre cinco y diez veces por día.
Una de las tantas veces en que accedí a que me prepare unas milanesas, vi como de la sartén salía un impresionante cantidad de espuma. Cuando le pregunté que aceite le había puesto, me mostró la botella del detergente Ala limón, y la muy cabezadura se quería comer las milanesas igual para no dar el brazo a torcer. De no ser que se las arrebaté del plato y las tiré a la basura, habría largado burbujas por la boca durante semanas.
La Abuela María, otra. La ultraperonista y Racinguista mamá de mi vieja.
Con ella tenía una relación muy especial porque me crié los primeros años de mi vida en el departamento que mis tíos y ella tenían en Almafuerte y Avenida Caseros, frente al Parque de los Patricios, en el barrio del club de mis amores. Mis viejos trabajaban todo el día y me pasaban a buscar a la noche, para dejarme de nuevo al otro día. A veces me pintaba quedarme, y me quedaba a dormir un par de días en su casa, donde la pasaba genial.
Andaba con diabetes y qué se yo que otras cosas, así que tenía prohibido todo lo que era rico y le gustaba. Por tal motivo, cada tanto se le realizaban allanamientos en su habitación, que daban como saldo dulces, golosinas y embutidos encanutados celosamente dentro de lugares estratégicos de su armario. Y no se hacía cargo del botín, respondiendo cual narco o consumidor al serles halladas sustancias ilegales, que "eso no es mío" o "no sé como llegó hasta ahí".
Como buena humilde trabajadora de clase media baja, siempre fiel a Evita y Perón, recuerdo cómo se encabronaba cada vez que le hacía con mi dedo pulgar e índice la "L" con la que se identificaban los liberales de la UCeDé de Álvaro Alsogaray; o si juntaba mis manos por encima de mis hombros como hacía Alfonsín, para molestarla. Me entraba a mandar que no me iba a querer más, que la había decepcionado, que nunca más me iba a dar tal o cual cosa. Entonces rápidamente hacía la "V" de la victoria Justicialista y me decía: "ahora sí".
No puedo evitar, cada vez que pasan un documental de ellos o del Peronismo en sí, buscarla en las cásicas tomas de los discursos en la Plaza de Mayo, entre miles de personas, donde asistía con mi mamá, en ese entonces de unos cuatro, cinco, seis años de edad.
Se fue cuando tenía diez años, y le lloré una tormenta. Pasó de un sueño al otro mientras dormía, y con eso uno ya dice todo. Cuando alguien se va con tanta paz...
Pero hubo dos situaciones que signaron su partida, dos sucesos hermosos e increíbles.
Estando en su velatorio, mi papá le puso un prendedor de Evita. Al darse cuenta de que estaba un poco torcido, intentó acomodarlo. Fue imposible. Todos los intentos por tratar de desprenderlo fueron en vano. Tironeó, hizo fuerza, pero nada, no había caso ni manera de quitarlo.
Al margen de interpretar el hecho como algo extraño, misterioso, del más allá o qué se yo, entiendo que hay una cuestión más profunda que abraza a las demás. Porque ese prendedor, con la imagen de la Abanderada de los Humildes abrochado como garrapata en la solapa y sobre el corazón así, medio torcido, no es más que el símbolo de un ideal y una identidad que se aferran mutuamente, con todas sus fuerzas, y también con sus torcidas falencias, hasta las últimas circunstancias, para marchar juntos a la eternidad.
Cuando mi mamá llegó del velatorio se sentó, abatida, sobre el sillón de mi casa donde siempre se sentaba la abuela María cuando nos visitaba. Junto a él, había una plantita muy amiga de mi abuela a la cual ella le acariciaba y le hablaba beatíficamente. Fiel a su condición, la plantita no se inmutaba y jamás la interrumpía.
Mi mamá la observó y ahí estaba, solemne, compañera y respetuosa ante el dolor. Comenzó a hablarle, a consolarse, y a recordar juntas a la abuela.
Entonces, sucedió: estando en un lugar donde el ventanal se encontraba totalmente cerrado y no había ninguna mínima correntada, la plantita comenzó a mecerse, suavemente, de aquí para allá.
Se mandan unas cagadas de novela y ante la increpancia esgrimen una sarta de justificaciones y mentiras donde uno no sabe si está hablando con alguien de ochenta y nueve años o de tres.
Mi abuela China, esa con quien cada tanto sueño, en sus últimos tiempos estaba intratable. Todo aquel que la rodeara corría riesgo de volar en pedazos. Y se cagaba en todo lo que uno podía decirle porque, o se olvidaba completamente que se le había advertido que no haga algo, o simplemente porque a esa altura de su vida, noventa y pico de años, no iba a cambiar hábitos que la acompañaban de hacía décadas, lógicamente. Y también porque le chupaba una teta. Entonces si la retabas por hacer lo que no debía, porque era un peligro a su edad, revoleaba la mano derecha hacia atrás propiciando un certero "máaa, váyanse al catzo vos y todos". Y ante esa respuesta me cagaba de risa y ella también, y ahí quedaba todo. Hasta que al rato se mandaba otra, como la vez que se confundió la heladera con el horno y metió el sifón de soda de vidrio dentro de él, que por suerte estaba apagado. Al respecto, las llaves de gas las dejaba constantemente abiertas y como la cocina estaba pegada a un patio interno, zafamos cantidad de veces de morir como ratas.
La abuela China todo el tiempo me estaba asistiendo y proponiéndome hasta mi hartazgo comer de todo. Me acechaba cuando estaba leyendo o viendo tele.
-Javiercito, te preparo una leche?
-No, gracias abu.
-¿Y un sanguchito?
-Nah, tá bien, posta.
-¿De veras no querés un pedazo de pollo?
-No, en serio...
-Dale, te hago un paty.
-¡Pero! ¡Que no!
-Hay galletitas...
-¡No, abue! ¡No tengo hambre! ¡Te juro que te re agradezco, pero no!
-Bueno, vos decime si te agarra hambre que a mi no me cuesta nada eh.
-Dale, te aviso.
Luego se sentaba al lado mío y a los diez minutos arrancábamos de nuevo el mismo diálogo. Y así, entre cinco y diez veces por día.
Una de las tantas veces en que accedí a que me prepare unas milanesas, vi como de la sartén salía un impresionante cantidad de espuma. Cuando le pregunté que aceite le había puesto, me mostró la botella del detergente Ala limón, y la muy cabezadura se quería comer las milanesas igual para no dar el brazo a torcer. De no ser que se las arrebaté del plato y las tiré a la basura, habría largado burbujas por la boca durante semanas.
La Abuela María, otra. La ultraperonista y Racinguista mamá de mi vieja.
Con ella tenía una relación muy especial porque me crié los primeros años de mi vida en el departamento que mis tíos y ella tenían en Almafuerte y Avenida Caseros, frente al Parque de los Patricios, en el barrio del club de mis amores. Mis viejos trabajaban todo el día y me pasaban a buscar a la noche, para dejarme de nuevo al otro día. A veces me pintaba quedarme, y me quedaba a dormir un par de días en su casa, donde la pasaba genial.
Andaba con diabetes y qué se yo que otras cosas, así que tenía prohibido todo lo que era rico y le gustaba. Por tal motivo, cada tanto se le realizaban allanamientos en su habitación, que daban como saldo dulces, golosinas y embutidos encanutados celosamente dentro de lugares estratégicos de su armario. Y no se hacía cargo del botín, respondiendo cual narco o consumidor al serles halladas sustancias ilegales, que "eso no es mío" o "no sé como llegó hasta ahí".
Como buena humilde trabajadora de clase media baja, siempre fiel a Evita y Perón, recuerdo cómo se encabronaba cada vez que le hacía con mi dedo pulgar e índice la "L" con la que se identificaban los liberales de la UCeDé de Álvaro Alsogaray; o si juntaba mis manos por encima de mis hombros como hacía Alfonsín, para molestarla. Me entraba a mandar que no me iba a querer más, que la había decepcionado, que nunca más me iba a dar tal o cual cosa. Entonces rápidamente hacía la "V" de la victoria Justicialista y me decía: "ahora sí".
No puedo evitar, cada vez que pasan un documental de ellos o del Peronismo en sí, buscarla en las cásicas tomas de los discursos en la Plaza de Mayo, entre miles de personas, donde asistía con mi mamá, en ese entonces de unos cuatro, cinco, seis años de edad.
Se fue cuando tenía diez años, y le lloré una tormenta. Pasó de un sueño al otro mientras dormía, y con eso uno ya dice todo. Cuando alguien se va con tanta paz...
Pero hubo dos situaciones que signaron su partida, dos sucesos hermosos e increíbles.
Estando en su velatorio, mi papá le puso un prendedor de Evita. Al darse cuenta de que estaba un poco torcido, intentó acomodarlo. Fue imposible. Todos los intentos por tratar de desprenderlo fueron en vano. Tironeó, hizo fuerza, pero nada, no había caso ni manera de quitarlo.
Al margen de interpretar el hecho como algo extraño, misterioso, del más allá o qué se yo, entiendo que hay una cuestión más profunda que abraza a las demás. Porque ese prendedor, con la imagen de la Abanderada de los Humildes abrochado como garrapata en la solapa y sobre el corazón así, medio torcido, no es más que el símbolo de un ideal y una identidad que se aferran mutuamente, con todas sus fuerzas, y también con sus torcidas falencias, hasta las últimas circunstancias, para marchar juntos a la eternidad.
Cuando mi mamá llegó del velatorio se sentó, abatida, sobre el sillón de mi casa donde siempre se sentaba la abuela María cuando nos visitaba. Junto a él, había una plantita muy amiga de mi abuela a la cual ella le acariciaba y le hablaba beatíficamente. Fiel a su condición, la plantita no se inmutaba y jamás la interrumpía.
Mi mamá la observó y ahí estaba, solemne, compañera y respetuosa ante el dolor. Comenzó a hablarle, a consolarse, y a recordar juntas a la abuela.
Entonces, sucedió: estando en un lugar donde el ventanal se encontraba totalmente cerrado y no había ninguna mínima correntada, la plantita comenzó a mecerse, suavemente, de aquí para allá.
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Anécdotas
viernes, 27 de agosto de 2010
Morfeo quiso acercarnos
Hace un tiempo, alrededor de un año, que las cosas con mi cuñado Pablo no están bien. Yo me muestro altivo ante la situación, pero íntimamente me mortifica.
Nos conocemos hace 20 años. Tendría unos 9 o 10 años cuando lo vi por primera vez, como amigo de mi hermano, y al tiempo se puso a salir con Romina, mi hermana, y tuvo con ella dos soles: Victoria y Elizabeth. Siete años duró su relación, luego se separaron.
Como padre es responsable y trabajador, algo que fortaleció mi estima hacia él al ver que no descuidaba a mis sobrinas. Quizá haya cosas que no me cierran en lo que se refiere a la relación que tuvo con mi hermana. Varias veces lo noté algo cruel para con ella, sobre todo estando separados, cosa que no me agradaba demasiado, ya que es mi hermana. Pero también ella tenía sus cosas, no menores, y decidí entonces no entrometerme en temas que no eran de mi incumbencia, de los cuales no tenía un panorama completo, y sobre todo de gente ya adulta.
Pablo siempre fue bueno, amable, respetuoso, y muchas veces compinche conmigo.
Extrañamente, una serie de altercados sucedieron el año pasado, cosa que nunca antes habíamos tenido, en los que en una determinada circunstancia sentí que él no había tenido un buen comportamiento conmigo ante un importante favor que le pedí, y eso desencadenó un primer roce. Consideré algo injusta su actitud, ya que en anteriores ocasiones tanto mis padres como yo fuimos complacientes con el, cuando lo necesitó, y por mi parte jamás le había pedido nada. El tema se habló y quedó todo bien.
Pero al tiempo, una situación familiar complicada que incumbía a mi hermana y una de mis sobrinas, Victoria, y en la cual él y yo tomamos posturas diferentes, nos llevó al punto de violentarnos verbalmente, amenazarnos y querer irnos a las manos.
A raíz de esto la relación cambió drásticamente entre nosotros, y hace unos meses un nuevo encontronazo telefónico nos alejó más aún. Salvando el primer hecho, del cual sostengo que Pablo no se manejó bien, en los dos últimos reconozco mi parte de culpa, que considero fue compartida, pero aun así pude por mi lado haber piloteado la situación de otra manera, y haber solucionado y sanado nuestro trato. Lo cierto es que en el momento fue todo muy eléctrico, hubo mucha tormenta agitando el mar de nuestras tolerancias, y nos resultó imposible llegar mansamente a buen puerto.
Ayer soñé con él.
Estaba con Vicky, mi pareja, de vacaciones vaya a saber dónde, y de repente aparecíamos en un lugar extraño, de luz tenue, algo así como un camping deshabitado donde en un terreno algo amplio y rodeado de árboles que lo delimitaban, había una pequeña casita, más bien un pequeño cuartito de unos veinticinco metros cuadrados y techo bajo, todo pintado de blanco, en el cual ingresamos y nos quedábamos aguardando a algo o a alguien. Chusmeábamos dentro de él y luego nos asomábamos a la puerta. Ahí vemos que a la distancia se acercaban, contentos y saludando desde lejos, mi mamá, mi papá, mis mencionadas sobrinas Vicky y Lizy, Pablo, y uno de sus seis hermanos, Carlitos, con el que más relación tengo de todos, y a quien quiero mucho porque es un tipo dulce, sensible y siempre sonriente.
Los recibimos, y ahí entendí que era a ellos a quien aguardábamos. Mi papá, Carlitos y Pablo se sentaban en unas sillitas y se quedaban charlando afuera. Mi mamá y mis sobrinas entraban con Vicky a la casa / cuartito, y yo las acompañaba adentro, quizá evitando la presencia de Pablo.
Mientras, el sueño continuaba con su parafernalia, desplegando su circo mágico de escenarios y tornasoles, de cosas y formas imposibles, de otros mundos, que iban mutando densa e imperceptiblemente, y yo investigaba a unas hormigas casi biónicas del tamaño de una aceituna que salían de una rajadura entre la pared y el suelo.
Luego de aburrirme con las hormigas mutantes, me asomaba a la puerta y, sin sentarme, me ubicaba en el medio del tridente Carlitos, a mi izquierda - papá, frente a mí - Pablo, a mi derecha. Con Carlitos y papá hablaba normalmente, a Pablo le respondía con monosílabos. El frío de mi orgullo había calado más allá de mis huesos, hasta mis sueños.
Al cabo de varias respuestas de ese tipo, casi dándole la espalda, Pablo me toma del brazo y me dice, sonriendo y con un dejo de melancolía:
-¿Porqué nos tratamos así?
Bajé la cabeza, y comencé a sollozar como un niño. Le respondí:
-Yo siempre te quise y te respeté...
Y ahí me desperté, angustiado.
Nos conocemos hace 20 años. Tendría unos 9 o 10 años cuando lo vi por primera vez, como amigo de mi hermano, y al tiempo se puso a salir con Romina, mi hermana, y tuvo con ella dos soles: Victoria y Elizabeth. Siete años duró su relación, luego se separaron.
Como padre es responsable y trabajador, algo que fortaleció mi estima hacia él al ver que no descuidaba a mis sobrinas. Quizá haya cosas que no me cierran en lo que se refiere a la relación que tuvo con mi hermana. Varias veces lo noté algo cruel para con ella, sobre todo estando separados, cosa que no me agradaba demasiado, ya que es mi hermana. Pero también ella tenía sus cosas, no menores, y decidí entonces no entrometerme en temas que no eran de mi incumbencia, de los cuales no tenía un panorama completo, y sobre todo de gente ya adulta.
Pablo siempre fue bueno, amable, respetuoso, y muchas veces compinche conmigo.
Extrañamente, una serie de altercados sucedieron el año pasado, cosa que nunca antes habíamos tenido, en los que en una determinada circunstancia sentí que él no había tenido un buen comportamiento conmigo ante un importante favor que le pedí, y eso desencadenó un primer roce. Consideré algo injusta su actitud, ya que en anteriores ocasiones tanto mis padres como yo fuimos complacientes con el, cuando lo necesitó, y por mi parte jamás le había pedido nada. El tema se habló y quedó todo bien.
Pero al tiempo, una situación familiar complicada que incumbía a mi hermana y una de mis sobrinas, Victoria, y en la cual él y yo tomamos posturas diferentes, nos llevó al punto de violentarnos verbalmente, amenazarnos y querer irnos a las manos.
A raíz de esto la relación cambió drásticamente entre nosotros, y hace unos meses un nuevo encontronazo telefónico nos alejó más aún. Salvando el primer hecho, del cual sostengo que Pablo no se manejó bien, en los dos últimos reconozco mi parte de culpa, que considero fue compartida, pero aun así pude por mi lado haber piloteado la situación de otra manera, y haber solucionado y sanado nuestro trato. Lo cierto es que en el momento fue todo muy eléctrico, hubo mucha tormenta agitando el mar de nuestras tolerancias, y nos resultó imposible llegar mansamente a buen puerto.
Ayer soñé con él.
Estaba con Vicky, mi pareja, de vacaciones vaya a saber dónde, y de repente aparecíamos en un lugar extraño, de luz tenue, algo así como un camping deshabitado donde en un terreno algo amplio y rodeado de árboles que lo delimitaban, había una pequeña casita, más bien un pequeño cuartito de unos veinticinco metros cuadrados y techo bajo, todo pintado de blanco, en el cual ingresamos y nos quedábamos aguardando a algo o a alguien. Chusmeábamos dentro de él y luego nos asomábamos a la puerta. Ahí vemos que a la distancia se acercaban, contentos y saludando desde lejos, mi mamá, mi papá, mis mencionadas sobrinas Vicky y Lizy, Pablo, y uno de sus seis hermanos, Carlitos, con el que más relación tengo de todos, y a quien quiero mucho porque es un tipo dulce, sensible y siempre sonriente.
Los recibimos, y ahí entendí que era a ellos a quien aguardábamos. Mi papá, Carlitos y Pablo se sentaban en unas sillitas y se quedaban charlando afuera. Mi mamá y mis sobrinas entraban con Vicky a la casa / cuartito, y yo las acompañaba adentro, quizá evitando la presencia de Pablo.
Mientras, el sueño continuaba con su parafernalia, desplegando su circo mágico de escenarios y tornasoles, de cosas y formas imposibles, de otros mundos, que iban mutando densa e imperceptiblemente, y yo investigaba a unas hormigas casi biónicas del tamaño de una aceituna que salían de una rajadura entre la pared y el suelo.
Luego de aburrirme con las hormigas mutantes, me asomaba a la puerta y, sin sentarme, me ubicaba en el medio del tridente Carlitos, a mi izquierda - papá, frente a mí - Pablo, a mi derecha. Con Carlitos y papá hablaba normalmente, a Pablo le respondía con monosílabos. El frío de mi orgullo había calado más allá de mis huesos, hasta mis sueños.
Al cabo de varias respuestas de ese tipo, casi dándole la espalda, Pablo me toma del brazo y me dice, sonriendo y con un dejo de melancolía:
-¿Porqué nos tratamos así?
Bajé la cabeza, y comencé a sollozar como un niño. Le respondí:
-Yo siempre te quise y te respeté...
Y ahí me desperté, angustiado.
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Sueños
viernes, 6 de agosto de 2010
Érase una vez...

El 5 de Agosto de 1910 nacía en Ensenada Herminio Masantonio. Ayer fue el centenario de su nacimiento, y hoy me siento raro. Raro de extrañar a alguien que se fue a los tempranos 46 años, cuando mi viejo tenía 14. Se puede extrañar, cuando se va, a lo que no se conoció en persona, como tantos ídolos populares han demostrado. Pero, ¿es posible con alguien que no fue contemporáneo de uno? ¿Que no se disfrutó ni se vio ni desde la distancia que marca una tribuna al campo de juego, ni siquiera aun desde la televisión, solo a través de fotos, historias, revistas, anécdotas y leyendas?
Para mi sí. Y no cuento con demasiada explicación: siento que lo extraño, porque íntimamente se que si él estuviera, todo estaría mejor en mi Quemero mundo. Me sentiría protegido. El Masa resume en su figura todo lo que me enorgullece de ser de Huracán. La camiseta, el escudo, el Palacio Ducó, el barrio, el arrabal, Manzi, el Ringo Bonavena y, por encima de todo ello, ahi está Él, como el guardián que custodia todo lo sacro que representan dichos nombres y estandartes.
Es nuestro San Martín, es nuestro Guevara, es nuestro Batman. El que rechazó una abundante oferta de la Juventus de Italia para quedarse en Parque Patricios. El que cuentan aquellos que compartieron la cancha y el vestuario con él que, fiel a su fama de guapo de barrio, cazaba de la nuca a los rivales que les propinaban brutales patadas a los juveniles que debutaban en la primera, para ponerse cara a cara y decirles directo a los ojos: "A los pibes, no. Vení y pegame a mí, si te animás."
Llegó de jovencito de la mano de Tomás Adolfo Ducó, y la historia de Huracán jamás volvió a ser la misma: le puso una corona. Como centrodelantero y durante 12 años defendiendo la camiseta del Globo, marcó 254 goles en 349 partidos, posicionándolo como el máximo goleador Quemero y como el tercer máximo goleador del fútbol argentino, detrás de Arsenio Erico (293) y Ángel Labruna (292).
En la Selección Nacional, se consagró campeón en los campeonatos sudamericanos de 1937 y 1941, y goleador en los de 1935 y 1942. Masantonio cuenta con el mejor promedio de gol con la celeste y blanca: 1,10, producto de 21 goles en 19 partidos.
Otro hito Quemero se forjó con El Masa dentro del campo: en 1939, uno de los 7 torneos en los que Huracán fue subcampeón, el equipo logró despachar por única vez en su historia a los 5 grandes en una rueda: 2-1 a River en Núñez, 3-1 a Boca en la Bombonera, 3-0 a Racing en Avellaneda, y 3-2 a Independiente y San Lorenzo en el Ducó.
La justicia del destino le sonrió a su grandeza: fue Hermino Masantonio el primer jugador de fútbol en poseer una calle con su nombre, una en Parque Patricios y otra en Ensenada. Y cuenta con un monumento frente a la sede, un sector en la platea, en esa donde su temperamento lo ha mandado tantas veces a ver los partidos de afuera, por plantársele a la dirigencia y a algún que otro técnico, y le han compuesto dos tangos: "El mortero del Globito" y "El Pampero de Patricios".
Te quiero, Masa. Y eso es todo lo que tengo que decir al respecto.
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Homenaje
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