lunes, 2 de agosto de 2010

ABUANTE


El Padrino (primera parte) fue elegida la mejor película de la historia a través de una encuesta realizada por el diario El País de España, donde participaron un centenar de directores y actores latinoamericanos y españoles, entre ellos Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín, Juan José Campanella, Gael García Bernal y Pedro Almodóvar.

Nadie desconoce que es una de las películas más aclamadas de la historia, sustentada por once nominaciones al Oscar en 1972, de los cuales se alzó con tres (mejor película; mejor actor - Marlon Brando, quien rechazó el premio y en su lugar envió a una actriz estadounidense de origen indio, que se manifestó en contra del tratamiento que recibía su pueblo en las películas de Hollywood -; mejor guión adaptado - Mario Puzo y Francis Ford Coppola -) y cinco Globos de Oro en 1973. Que en la estadística se sumen a los elogios que históricamente ha recibido el film, algunos de los más grandes exponentes del cine latino e hispano, no debería sorprender, relativamente hablando. El contexto de la encuesta era titánico: compitió con joyas del cine llevadas al celuloide de la mano de gigantes como Ingar Bergman, Martin Scorsese, Federico Fellini, Ridley Scott, Orson Welles, Luis Buñuel, Charles Chaplin o Alfred Hitchcock, entre otros. Al ver estos nombres, no sería descabellado que hubiese entrado en otro puesto. Pero no. Se alzó con el podio. Algo que personalmente me satisface y alegra profundamente, por ser mi película favorita de todos los tiempos. Esa que vi decenas de veces y volveré a ver tantas veces como a mi alcance esté. Me fascinan totalmente sus diálogos y todos y cada uno de sus personajes, desde el consiglieri Tom Hagen (Robert Duvall) y el pendenciero Santino (James Caan), pasando por el fiel caporegime el gordo Peter Clemenza, y el traidor Salvatore Tessio, hasta sus enemigos de las otras familias, Emilio Barzini y Bruno Tattaglia, como así Virgil "el turco" Sollozzo, quien manda a matar a Don Corleone, hecho que se plasma en la famosa escena donde recibe seis disparos frente a su hijo Fredo (pero aun asi sobrevive) por no financiarlo ni aceptar ingresar en el negocio del tráfico de drogas, que en los años '40 comenzaba a ser el paso siguiente al de los manejos de alcohol, clubes y casinos, ya que redituaba sumamente más. Las otras familias sí iban a acceder, con la condición de negociarla solo a los negros y los latinos, a los que consideraban animales. Pero jamás en escuelas ni a niños, lo que consideraban una infamia.

Como un detalle, nótese que a lo largo de todo el film (tres horas de duración) en ningún momento se menciona la palabra "mafia". Omisión deliberada por parte de Coppola y Puzo para no generar más problemas a los que venían sucediendo previo a la filmación, tales como protestas de la Liga de los Derechos Civiles de los Italoamericanos, amenazas de bomba, cantidad de intimidaciones, vinculaciones de la filmación con, precisamente, la mafia.

Brindo por esta nuevamente merecida elección, por Brando, Pacino, Caan, Duvall y toda la larga galería de actores que encarnaron a estos fascinantes y atractivos personajes, con sus particulares y bizarros códigos ¡Salud, Godfather!

jueves, 29 de julio de 2010

My Way

Dentro mío está plagado de carteles indicativos falsos o, en el mejor de los casos, errados. Las frecuentes señalizaciones de "SALIDA", que me aparecen cada dos pasos como hojas en otoño, asiduamente me llevan a callejones que carecen precisamente de ella. Detrás de los de "PROHIBIDO PASAR", "PELIGRO", "NO PISAR", que mi lado conservador dispone con firmeza y letra gruesa, para mantener en orden y secreto vaya a saber qué, suelo encontrar una verdad, una solución, una satisfacción oculta.

Caminando por mis calles voy discirniendo, poco a poco, cuales son aquellos también que mi enemigo íntimo gira en direcciones opuestas, o fabrica sobre la marcha y los clava ahi, en alguna oscura esquina de un barrio que desconocía en mi ciudad, cuando ando medio desorientado, aumentando la confusión. También lo hace cuando mis pasos van bien encaminados. Asi, como el Coyote al Correcaminos.
Cuesta ignorarlos. La mayoría son tentadores por los atajos que ofrecen o por la tranquilidad y comodidad que proponen.

Partiendo de esta base, no me queda otra que optar por hacerles la contra.

"ATENCION - A 100 METROS PRECIPICIO - GIRE A LA DERECHA". Bueno, me mando por la zurda. O sigo derecho, seguramente no exista tal vacío.

Desempolvo la brújula del instinto cuando estoy en tierra de nadie. Dicen que para nacer hay que destruir un mundo. Que la vida surge de la muerte. Que para salir bien a flote, se debe pisar fondo. Supongo que para encontrarnos, entonces, a veces debemos perdernos. Suelo adentrarme en mis laberintos y me mando a la marchanta a pura intuición, a lo perro, solo valiéndome del olfato. Y puedo asegurar que cuando más perdido parece que estoy, cuando parece que me embromé, que no voy a salir nunca de ahí, encuentro de repente a mi costado coherente doblando alguna esquina, como quien no quiere la cosa. Pero no, nunca por casualidad.

-Hey! Apareciste... vení, vamos a tomar algo y charlamos. Andá a saber cuando te vuelva a cruzar...- me dice, me digo.

Y son esos momentos donde me desayuno lo bien que la paso conmigo.

domingo, 25 de julio de 2010

Dios me salve, María...

- Esto sos vos -, me dijo, y señaló alrededor de nuestro hogar.
Lejos de resumirme a un puñado de cosas, a través de todo eso que fui adquiriendo en pos de un proyecto de convivencia, poquito a poco, me mostraba la evidencia de lo apto y diligente que era a la hora de encarar una responsablidad de ese tipo. Pero ese día había vuelto a fallarle. Tenía que pasar música en una fiesta de cumpleaños en el bar de un amigo, y...

- A que hora volvés?
- Entre las 5 y las 6, bebé.

Caí a las dos y media de la tarde. Los malos hábitos me habían arrastrado lejos de ella y de mí por milésima vez. Una vez más, mi escaso metro setenta, mis setenta y tres kilos y mi falta de conducta habían desatado un vendaval de angustia que se llevó puesto no solo a mi pareja, sino a mis suegros y a mis padres, que lloraban desconsolados a la distancia. Casualidad o instinto, llamó mi madre esa mañana desde Mar del Plata, cosa que nunca hace, para ver como estaba. Vicky, con el agobiante peso del desvelo a cuestas, no pudo contener el llanto y confesar que no había regresado, con todo lo que eso implica un día de semana.

-Esto sos vos - me repitió.

La tristeza infinita de ver como había roto en mil astillas la vasija de cristal donde estaban depositadas mi credibilidad y su confianza, se traducía en un vacío interno que se expandía lenta y dolorosamente, como una ola de antimateria que desintegraba mi carne y mis órganos, dejando como resultado un cuerpo ahuecado donde solo habitaba mi alma expuesta, que para ese entonces se hallaba reducida al tamaño de una luciérnaga herida que titilaba lastimosamente en la silenciosa oscuridad de la nada.

Cuando desperté, a eso de las ocho de la noche, comencé a juntar mis prendas. Todo estaba acabado, lo había roto todo. Jalé demasiado de una soga que no era tan gruesa a esta altura de mi vida, solo un rejunte de hilachas absurdas. La pena y la desolación ahora carcomían lo que quedaba de mi alma avergonzada. El viejo recurso de comparar mis miserias con las de otros seres despreciables ya no surtía efecto: era un miembro más de ese club bastardo. Y no iba a soportar ni el fulgor de la pureza de su mirada ni la tela brillosa de sus ojos donde se pincelaba la defraudación.

Contra todos los pronósticos, su misericordia me acarició el rostro, me abrazó y me besó.

- Esto sos vos - dijo por última vez.

El reciente hecho todavía hace mella en mi. Solo puedo mitigar los resabios de depresión que arrastro por el injusto daño que había causado a la gente que amo expresándome a través de estas líneas, decorando este espacio como un confesionario, y aquel que lea esto será forzosamente mi párroco.

Asi que Padre Nuestro que estás en los Cielos...

martes, 20 de julio de 2010

Cráneo candente

Me hallaba en un pequeño, íntimo y oscuro bar de Tilcara con quienes compartí mi viaje al norte: Mel, Pitu, Renata, Rulo y Solcito. Habíamos ido allí varias veces, cuando necesitábamos oir un poco de rock nacional. El dueño era un tipo macanudo de Buenos Aires, Munro, pero hacía varios años se había asentado ahí, porque halló su lugar en el mundo.
Esa noche nos acompañaba un chabón de Capital, barrio de Chacarita, que estaba laburando en el camping donde parábamos. Cayó a Tilcara porque en su barrio se la tenían jurada. Un flaco copado, de cara felina y rastas rubias, que no recuerdo su nombre y que nos acompañó un par de veces en salidas y cenas, hasta que partimos a otro pueblo.
Bebíamos y charlábamos tranquilamente. Disfrutábamos la intimidad del barcito, ya que no había casi nadie, solo un par de lugareños en una mesita más alejada y otro, pegada a la nuestra, que estaba bastante borracho. Era muy parecido a Rubén Patagonia, y tenía un sombrero de duende. Nos miraba y sonreía.
No se en que momento sucedió, ni porqué, ya que estaba charlando con mis amigos, pero noté de repente que el lugareño y nuestro compañero de turno hicieron rancho aparte y discutían, cada uno desde su mesa. Sin ser demasiado entrometido, comencé a prestarle atención al motivo de su cruce. Me sorprendí gratamente cuando oi hablar al ebrio, citaba a Marx y a las revoluciones. Siempre es grato apreciar que a diferencia de muchos, algunos portan un pedo digno, lúcido y coherente.
En un momento, dijeron así:

-...porque los del interior se quejan del porteño, pero cuando van allá nadie los jode, son bien recibidos, porque al final somos todos argentinos y...

-¿Sos argentino? problema tuyo. Yo soy aymará.

-Lo que sea, el punto es que se la pasan hablando de nosotros y los que más dicriminan son los del interior.

-¿Discriminar?

Se quedó en silencio por un segundo. Luego lo miró a los ojos con firmeza y tristeza. Finalmente, dijo:

-Quinientos años de dominación.

La discusión terminó ahi.

miércoles, 7 de julio de 2010

Es tan simple asi: no podés elegir...

Carlos Toledo, el Charly. Fiel amigo de mi hermano mayor desde la adolescencia, amigo de la familia desde que era yo un bebé, y antes también. En esos años Luis Zamora fundaba el MAS (Movimiento al Socialismo) en plena dictadura. Luego de ser proscripto por la misma, tuvo buena participación activa en democracia, en su primer etapa entre el '83 y el '89. Charly fue uno de sus primerísimos militantes.
Inteligentísimo y sensible, extremadamente educado, de modos muy elegantes, voz suave y profunda, amante de Rush y su batero Neil Pert (fue también batero de una banda en los 80's llamada Alerta Rojo), así como de las grandes bandas del rock progresivo como Yes, Génesis, Jean Michel-Jarré y, por supuesto, del rock nacional vernáculo de aquellos años, desde el punk y new wave hasta el pop y el heavy metal. En esos años no había tanta tribu, la juventud se escuchaba y se nutría de todo. Regenteaba una sala de ensayo a la vuelta de mi casa, en la avenida Juan Bautista Alberdi casi Centenera, donde se cometían desmanes de todo tipo, y la frecuentaban gente como los Rata Blanca. Alto, flaco, físicamente era la perfecta unión entre Skay Beilinson y Bob Geldof, tanto en su porte como en su parecido y en lo que emanaban sus modos.
Recuerdo que teniendo yo entre los cuatro y los siete años, se amotinaba en la pieza de mi hermano a fumar porros, y me llamaban. Mientras jugaba con mis muñecos de He-Man, me hacían preguntas. Y flasheaban con las respuestas que daba, propias de la simpleza con la que un niño entiende la vida, antes de complicarse uno la vida con la vida misma, así como ellos dos que, entendía luego, ya habían comenzado a complicársela, y buscaban un poco de esa simpleza e inocencia que habían perdido. Él fumaba y me contemplaba, pensativo ante mis réplicas.
A mis 5 o 6 años, una tarde donde luego de hacer una observación sobre la ilustración de la portada del aclamado libro del doctor Víctor Frankl, "El hombre en busca de sentido", que recién arribaba a mi casa de la mano de mi viejo, me puso un apodo con el que luego se dirigiría siempre a mi persona: "el Mahatma". Cuando supe quién era, me sentí honrado.

Siempre tenía cuentos de filosofía oriental para contar. Y nos los contaba a mí y a mi padre, quien lo amaba y admiraba mucho. También yo lo admiraba por cómo narraba esos cuentos maravillosos. Y también por su bondad y por la paz que transmitía.
Charly era de esos que su sola presencia te hacía sentir bien.

Fue uno de los primeros programadores informáticos del país, cuando las computadoras eran algo que solo se veían en películas de ciencia ficción. Recuerdo que lo hacía en la compañía de helados La Montevideana, y también en muchas otras de capital y el interior del país, el cual recorría programando aquí y allá y ganaba muchísimo dinero. Dinero que poco duraba en sus manos. Me contaba una vez Marce, mi hermano, que luego de uno de estos viajes de trabajo se encontraron y fueron los dos juntos a un boliche. Encaró la barra y preguntó:

- ¿Cuantas botellas de Baron B tenés?
- A ver... unodostres... ocho.
- Bueno, reservámelas todas, por favor.

Y así fue como durante toda la noche compartió siete botellas de Baron B con mi hermano, porque una de las ocho la convidó a una mesa cercana con el clásico: "tengan, yo invito". Porque sí.

A lo largo de toda su vida, la gran cruz con la que Charly cargó fue su adicción a las drogas duras. No se si era general o tan común en los 80, pero sí puedo afirmar que era costumbre entre los amigos de mi hermano consumir cajas y cajas y frascos y frascos de pastillas. Aseptobrón, Romilán, Tamilán, etc., clavarse de un tirón dos pepas enteras, o inyectarse cocaína diariamente. Todos los días algo se consumía, y no bajaba de eso. Pero lo sorprendente era como ninguno manifestaba, a simple vista, rasgos, tics o comportamientos de adictos. Por el contrario, venían a mi casa, tomaban la leche con vainillas o los licuados de banana que mi mamá les preparaba, y que yo compartía con ellos, y luego subían a la pieza de Marcelo a hacer de las suyas.

Pasó el tiempo. Yo había crecido, y a Charly prácticamente lo había dejado de ver. Cuando 1996, ya con 16 años, mi hermano cumplía 30 y fui a saludarlo a su departamento en Emilio Mitre y Pedro Goyena. Estaba con tres amigos más. Uno, apodado "El Búfalo", amigo del secundario, otrora regente de Palladium. El otro no recuerdo. Pero con alegría, vi que el tercero de ellos era el Charly Toledo.
Charlábamos entre todos y tomábamos cerveza. En un momento, luego de pasar al baño y ver una inmensa bolsa de cocaína en la cocina (que no debía ver) le pregunté a mi hermano si podía fumarme un porro. Mi hermano se puso mal. No le gustaba ver o saber que su hermano menor transitase un camino que, a esa altura de su vida, le había dado muchas lecciones para mal, aunque no fuese más que un yuyo a comparación de su experiencia. El suponía que yo lo hacía, pero ciertamente era la primera vez que daba a conocer que fumaba marihuana. Al ver sus primeras lágrimas desistí de mi propuesta, y se empezó a hablar del tema drogas, donde fui aconsejado, sobre todo por el tema de la gilada.

Cuando me fui, Charly vino conmigo, caminando por Emilio Mitre hasta la avenida Juan Bautista Alberdi. Pasamos por enfrente de su antigua sala de ensayo, doblamos en el pasaje Bertres, ya a una cuadra de mi casa, nos sentamos en el umbral de una casa donde yo solía fumar por las noches, y prendí el porro. Me dijo que entienda a Marcelo, y que a él no le parecía "mal" que fume marihuana, pero que me cuide con el resto. Recuerdo que lo que estábamos fumando nos hacía toser mucho, y me explicó que es porque algunos le ponen Gamexane al faso.
Charly no estaba muy bien en ese entonces. Ahora sí se notaban las secuelas de tantos años de excesos. Se notaba en su aspecto, y en su manera de expresarse, como nerviosa, aunque siempre dulce y suave. En un momento de la charla, donde filosofábamos, dijo:

-¿Sabés qué Pichi? una vez me preguntaron qué cambiaría de mi vida si volviera a nacer. Y yo dije: "nada". Porque si mi vida así no hubiera sido, si algo la hubiese alterado, probablemente no habría conocido a mucha gente maravillosa, como tu familia, tus padres, tu hermano..."

Volvió a pasar el tiempo. Me cruzaba a Charly muy cada tanto por el barrio, y ya estaba bastante mal. Vestía como un vagabundo, con un sobretodo marrón antiguo, barba de días, el pelo muy sucio, y rengueando. Tenía el pie inflamadísimo. Luego supe que, como ya no le daban los brazos, comenzó a inyectarse en el pie, y se le infectó. Supe también que había dejado todo, casa, trabajo, y se internó en la villa de Cobo y Curapaligüe, atrás de Parque Chacabuco, cerca de los transas y junto a varios linyeras, los cuales le armaron una camita de cartón. Y allí, y así, decidió terminar sus días.

Pero así y todo, Charly no se permitió morir un triste invierno: se marchitó un 21 de Septiembre.

Desde ese entonces, los Días de la Primavera nunca volvieron a tener el mismo encanto para mí.

martes, 29 de junio de 2010

Los caminos de la vida...

Contaba mi viejo una vez que de niño fantaseaba con navegar, vivir aventuras...

Allá por el año 72' o 73', estaba trabajando nuevamente arriba de un taxi. En una de sus vueltas sube un hombre de uniforme con un aparato muy costoso, una especie de proyector muy profesional o algo así. Lo acerca a un edificio imponente, desciende, el edificio lo traga y desaparece.
Luego de un buen rato, mientras buscaba algún pasajero, se da cuenta que el tipo había olvidado el costoso aparato en el asiento trasero. Recordó en qué lugar lo había dejado, y sin dudar se dirigió allí. Luego de estacionar, bajó con el aparato y encaró al uniformado que estaba de guardia en la entrada del edificio, la cual era muy restringida. Este, al oírlo, inmediatamente se dirigió a alguien de la mesa de entrada para que se comunique con aquel que mi papá había transportado.

-Asi que era usted el chofer que trasladó al capitán... venga, pase por aquí. Estaba desesperado, pensó que no lo iba a recuperar.

Luego de atravesar sendos accesos y áreas cual Maxwell Smart, entró al enorme despacho del susodicho. Lo invitó a sentarse, se mostró sumamente agradecido, y, luego de charlar un rato, le preguntó:

-Dígame, que puedo hacer por usted, en resarcimiento por su gesto?
-Bueno, mire... a mi siempre me gustó navegar. Este es un edificio de la marina, asi que, si puede hallarme algún trabajo de ese tipo...
-Hum, no es tan fácil, por su edad... pero haga una cosa, vaya al cuarto piso, hable con esta persona de parte mía, y me vuelve a ver.

Dos meses después, se hallaba mi padre en alta mar, a bordo de un barco inmenso, bajo un cielo que se fundía en el horizonte, rumbo a Gabón, África, viviendo el mágico sueño de su infancia...

lunes, 28 de junio de 2010

CHINA

La primera vez que soñé con ella luego de partir, fue el mediodía mismo de su partida, cuando regresé de despedirla. Me recosté en la cama de mis padres e inmediatamente, en cuanto apoyé el pie en tierra de sueños, salió a recibirme dulcemente, y me dijo "Javiercito, no estén mal por mi, porque acá estoy bien. Tengo mucha paz."
Me desperté. Entendí que me estaba encargando que transmita su mensaje, y eso hice. Fui a la cocina y le conté a mi papá lo que había soñado. Mi viejo me miró, y aprecié como la paz había inundado su rostro. Llamó a mi mamá, y me pidió con una voz muy suave y calma que le cuente el sueño a ella. Lo hice nuevamente. Quedó pensativo un rato, y luego siguió cocinando, con los ojos brillosos y una tenue sonrisa.

Tuve varias visitas más de ella. Todas increíblemente reales. Recuerdo la anteúltima, donde salía de mi habitación en mi antigua casa de Caballito, en Guayaquil y Bertres, un planeta plagado de recuerdos donde mi familia entera, abuelos, padre, madre, hermanos e incluso sobrinos, tíos y cuñados, se asentó hace 50 años. Ahí. donde aprendí a caminar. Ahí, donde para siempre será mi hogar, digan lo que digan las escrituras, los títulos de propiedad, habite quien habite y le pese a quien le pese. La encontraba en la sala, como si nunca se hubiera ido, más viva que nunca. Y ahi nomás la invitaba una pieza y bailaba con ella un vals. Y bailábamos y dábamos vueltas y vueltas como en las películas.

La última vez, hace unas dos semanas, me subía al colectivo y la encontraba viajando, del lado derecho del pasillo. El asiento de la ventana estaba libre, asi que me sentaba junto a ella y, sin decirnos palabra, me recostaba sobre su hombro y su saquito y dormitaba. Luego, al bajar, bajaban también mi mamá y mi papá y mi hermana, que estaban en el mismo colectivo pero no los había visto. Era de noche, tipo 20 hs. Caminábamos por Calasanz hasta Guayaquil, hacia mi eterna casa. Mis padres y mi hermana adelante, y yo con ella caminaba tomados del brazo unos diez metros atrás de ellos. Y me contaba sus cosas. Mi hermana se daba vuelta en un momento y me llamaba para comentarme no se qué y yo no le prestaba atención, porque estaba entretenido en la charla con ella, que terminó fugazmente en cuanto pisé la calle para cruzar Calasanz.

Y asi es como cada tres, cuatro, o cinco meses, depende el trabajo que tenga protegiendo a alguien, mi abuela Jovita Capozzi, mi última abuela, para todo el barrio China, me visita en sueños. Se da una vueltita y charlamos, reímos y bailamos. Y, como la persona pícara y conmovedora que siempre fue, me hace despertar con una sonrisita y una lagrimita.