lunes, 8 de julio de 2019

Un groso Badía


El 29 de junio del 2012 se fue Juan Alberto Badía. Una de las cosas más grosas que hizo, fue la de acortar la brecha entre dos generaciones, la de padres e hijos, que en los 80's continuaban bastante distanciadas musicalmente (y en otros 100 aspectos también). En este caso puntual, al plantarse como un nexo natural entre ambas por su abierta popularidad, siendo un tipo muy respetado intelectualmente y apreciado como personaje público, le dio una legitimación al rock ante el resto de la sociedad -sobre todo al rock nacional- que antes casi no tenía entre el público adulto de entonces.

Este libro, que aun conservo, lo leí a mis 15 años, y me llevó en tren a Ramos Mejía a vivir un simpático y emotivo viaje mágico y misterioso con él y John, que andaba de incógnito en el país, y se hacía amigo de Juan.

Solo por estas dos cosas, entre tantas, y por los sábados de "Badía y Cía." frente a la tele con mis abuelos: gracias capo, buen trip.


miércoles, 3 de julio de 2019

Cuando era un caracol

yo tenía una casita hermosa
acá cerca y hace tiempo
flotaba en un almíbar
y mi amigo era el silencio.

yo tenía una casita cálida
y me soñaba el mismísimo sueño
el sueño de tenerme entre tus brazos
como ahora aun nos tenemos.

yo tenía una casita redonda
de luz ámbar y sin rejas
yo tenía una casita hermosa,
en la panza de mi vieja

Para Nélida Irma del Pizzo, mi mamá.



Nunca nos fuimos

Qué tal
Retomando el blog
Recapitulando eructos mentales del Facebook
(no sé a quien le hablo ni a quien le escribo, aparte de mí.
Acá se siente como un parque de diversiones abandonado.)

23 de diciembre de 2010

te tenemos allí
abandonado allí
preso como un animal
como un animal feroz
así las cosas,
la fiera más fiera
¿dónde está?



miércoles, 15 de abril de 2015

Otro Eduardo atravesado en la garganta

Para describir la profunda angustia, desazón, desamparo, la tristeza infinita que en estos momentos apenas puedo sobrellevar, tendría que inventar un vocabulario imposible nuevo, compuesto de silencios lutos y gestos de miradas lacrimosas perdidas en el horizonte.

Me despido de vos, con quien tantas veces fantaseé encontrarte tomando un café en un bar, entrar, romperte los huevos con un cálido abrazo de hijo o nieto y, notablemente emocionado (no imagino la situación de otra manera), decirte que todo lo que escribiste, y dijiste, completó decenas de áreas inconclusas de mi persona.

Pena taladrante carajo, me corroe cada suspiro que doy mientras escribo. Pero vos, que estés sonriendo. 

Te imagino partiendo y clavándole un lindo "JODETE" (no te va a gustar que diga "fuck you") al sistema, como en la foto.

Acá quedamos tus hijos, los hijos de los días, llevando tu obra a cuestas en el alma. Festejo de antemano que mis nietos van a saber de vos. Heredarán esos libros que alguna vez fueron tuyos, pero solo la autoría, porque ahora son míos, de ellos, de millones...

¡Hasta siempre, Gius!

jueves, 5 de marzo de 2015

El Patiecito Andaluz

¡Patiecito Andaluz!
con tus plantas
con tu luz
radiante bajo el Sol
santuario de aquellos momentos...
con tu reflejo azul
iluminaste los rostros
de mis hermanos,
de mis viejos.

Allí te busqué
cuando Paz necesité
y tu Flora
y tu Silencio
me besaron hasta hoy...
hoy... lejos en el tiempo.

¡Nos reímos aquella vez...!
Vos abajo
yo en el balcón
cuando con mi hermano
festejamos con la Selección.
Eran el Goyco y su atajada
tu atención
y tus silenciosas Alabanzas

Y hoy sé, hoy sé...
que el Diego, el Cani
y también vos
ese día,
junto a ese abrazo
y a ese Gol
fueron (lejos)
...lo mejor.



domingo, 2 de junio de 2013

Cuando aquella vez fue nuestro secreto.

Me habían roto el corazón una vez más y, como siempre y con cada una, esta era la vez peor. El frío en la nuca que arremolinaban los guadañazos a mis espaldas, el abollamiento rápido, ágil, implacable, seco del alma, que se encogía como en un infarto, el aturdimiento, la mirada perdida, la percusión parca de los bobazos, tapando los bocinazos de la enorme avenida. La aceitada interacción entre las oscuras percepciones de mi espíritu y el embotamiento sordo de los sentidos, lograban en conjunto sensibilizar otras áreas de mi ser. La cabeza empezaba a bombardear con un puñado interesante de contextos freídos bajo drásticas decisiones. Y entre ellos, desde el caos, de entre la paja muerta de la desolación, se cruzó aliviadoramente su cara.

Caminaba veloz y se secaban los sollozos. Crucé todo, subí, entré. Atravesé el imponente hall, atravesé el amplio pasillo, abrí la enorme y pesada primer puerta de madera, luego abrí la segunda, luego la vi allí, como siempre, luminosa, implacablemente refinada y señorial, en la dosis justa entre la dama más elegante del cóctel, y la mujer más sencilla y dócil del barrio. Los años que no le pasan y entonces, encima, es ayer, es hoy, es siempre, siempre... 
Caminé hacia ella, y sus brazos se abrieron como dos alas, alas como de águila. Ahí estaba el hombro que acolchonó nuestras caras desde siempre, desde que eran caritas. Tibio y perfumado, mientras cada uno de sus cabellos absorvía diligentemente mis lágrimas, mientras mis manos se aferraban a sus omóplatos, mientras sus manos rascaban dulce mi cabeza. Allí estaba, desnudo totalmente en mis emociones, completamente en pelotas en medio de la nada absoluta, y mi vieja, calladita, se prendía un fueguito en el corazón. En el medio de ese bosque que se armó ahí nomás, iba y venía, llevaba y traía leña, la prendía, soplaba la brasa, mientras el boludón inconsolable lloraba y lloraba sentado a unos metros, sobre un tronco. Después se sentaba a mi lado y su voz lo hizo todo mejor y más cálido, y así fue cómo entendí un poco más sobre esto de ser hijo y de tener una madre como esas, esas que se ganan que les escriban y canten un vals, aunque el vals sean ellas.

Hoy es tu cumpleaños, te amo.

Javier.

  

domingo, 21 de octubre de 2012

"Pelo"

Enrique lo encontró a mi viejo bastante perturbado porque no hallaba por ningún lado -y jamás halló- una antigua correa como la que usan los canillitas para cargar los diarios, que había heredado de su amado tío Florentino. "¿Cómo puede ser?" -decía- "¡La correa del tío Florentino!", se lamentaba.
Enrique -o "Pelo", tal su apodo para nosotros- lo escuchaba. Pelo siempre escucha, y asiente pacíficamente, casi zen. Con su natural, sencilla y arrabalera sabiduría, lo tomó del hombro y le dio no un consuelo, sino un consejo de vida: "Pero negrito... no busqués más... la tenés acá...", le dijo, suavemente, mientras le palmeaba el pecho del lado del corazón. Y mi viejo nunca más volvió a buscar esa preciada correa. Desde ese momento entendió, por fin y de manera práctica -porque siempre lo supo- que uno no pasea por los campos del recuerdo ni con la vista ni con el tacto, y que solo el corazón es permeable a las nostalgias. El único y genuino depositario de todo lo que tenga valor afectivo. Los objetos son meros farsantes.

Enrique es así. Con menos de 8 palabras, logra cambiar tu visión de las cosas como si fuese un ilusionista que en lugar de alucinarte una fantasía, le cambia la perspectiva y los colores a tu realidad cuando ésta se altera y destiñe.

Mi papá era muy jovencito cuando lo conoció trabajando en una sastrería, un adolescente. Pelo ya era un hombre, que hacía rato salía a las milongas como un lobo estepario y con la bohemia eran dos patos marchando a la par. En las orquestas de Carlos di Sarli (su favorito de siempre) por ejemplo, sacaba a bailar a una muchacha. Mataba un trago, se acomodaba el saco, tomaba su mano con la izquierda, la cintura con la derecha, acercaba su frente, cerraba los ojos, sus oídos olían el perfume de la melodía, su mundo interior estallaba como una ola contra un acantilado y entonces, danzaba. La muchacha y él eran dos desconocidos, así que luego de largos segundos en silencio, al ver que Enrique no emitía sonido, ella tomaba la iniciativa, haciéndole alguna pregunta: "¿viene de lejos?", por caso. Pero Enrique, ensimismado, embriagado entre las caricias de los violines y sintiéndose más vivo que nunca gracias a las cuerdas del piano, que con su tensión vibraban en sus piernas, su nuca y sus sienes con una cosquilla alegre, y gracias a ese bandoneón que respiraba por él inflándole y desinflándole el pecho, respondía: "escuchemos... después hablamos... ahora, bailemos...". Porque él iba a bailar. A escucharlo al Tuerto. Para lo banal, para lo que fueron todas y todos, ya habrá tiempo.

Tiempo. Ahora lo percibo. Eso es lo que me transmite Enrique: tiempo. No por sus años, que no son pocos. Sino por la cadencia con que lo maneja. Al caminar, al mirar, al hablar, al sonreír, al beber. Como si fuese su dueño. Como si lo manejara a piacere. Como si anduviera levemente en cámara lenta. Despreocupado, relajado, ajeno a los tiempos que digitan los constantes nuevos tiempos, atemporal. Como Bochini, Riquelme o Pastore, que en lugar de una pelota lleva dominado un reloj en los pies.

Pelo anda desaparecido. La última vez que se lo vio fue el 8 de Octubre de este año. Despacito, tranquilito, se fue. En un instante se hizo etéreo. Y ahora nuestra vista y nuestro tacto son demasiado superficiales para acceder a él. Son una tontería. No sirven. Son sentidos absurdos para percibir a un océano viviente como Enrique, lleno de profundidad.
Así es que ni lo buscamos, porque en casa aprendimos para siempre su lección: está más cerca que nunca, está acá, en medio del pecho.
Como la correa del tío Florentino.

Para Betty y Daniel.







domingo, 8 de enero de 2012

Los Códigos


Roberto Escalera es un volcán de anécdotas de lo más desopilantes y de acciones conmovedoras. De niño me parecía alguien salido de un sketch de Alberto Olmedo.
Un viejo y entrañable amigo de la familia que lograba hacerme reír estrepitosamente a carcajadas, como muy poca gente de su edad lograba y cuyas circunstancias de la vida, ya sean carencias o simplemente errores del pasado, lo arrastraron a situaciones de marginalidad, de las cuales tuvo que dar cuenta pasando un tiempo en las sombras. Tiempo del cual se registran secuencias que parecen salidas de una comedia italiana, como la que cuenta Pepe, el quinielero, quien con otros muchachos del barrio fueron a hacer un desafío a la cárcel con algunos internos conocidos. Cosas de antaño, que sucedían ciertamente, y que hoy resultan fantasiosas.

Pronto a empezar el partido, Pepe ve a Escalera pasar, agobiado, con un par de baldes de agua:

-¡Roberto! ¡Vos también viniste!
-Yo no vine, Pepe... a mí me trajeron...

Roberto aborrece a los fierros, a los asesinos y todo aquel que porte un arma. No era eso parte de su estilo. Pero el estigma carcelario logró que muchos le den la espalda, lo cual atentaba contra sus ansias de comenzar de nuevo y de acceder a un trabajo digno.

Armando Feola, el Gordo, era chef y socio de algunos restaurants muy cajetillas. Tenía una habilidad para encarar ese tipo de emprendimientos realmente notable, capaz de hacer funcionar una fábrica de estufas en pleno desierto. Estableció una bella amistad con mis padres y allá por el año 1987 hizo el catering del cumpleaños de 15 de mi hermana sin cobrar un centavo.

Por esos mismos años, el Gordo Feola le dio trabajo a Escalera -a quien no conocía de hacía demasiados años- en una parrillita que se puso en Rivadavia y Esmeralda, en la que fuese la casa del gobernador Manuel Dorrego, en un hecho que aun no sabemos como logró y que solo Feola podía lograr con su implacable astucia persa, ya que era un lugar que, entendemos, es patrimonio de la ciudad.

Unos años después, el Gordo Feola falleció.

Desde ese entonces, año tras año y en uno de los gestos de humildad y grandeza más significativos que he conocido en mi vida, Escalera le lleva, religiosamente y sin fallarle jamás, una flor a su tumba.








domingo, 1 de enero de 2012

Me voy corriendo a ver que escribe en mi pared, el arrabal de antes...


Sucede que el tiempo solo es distancia, demasiada cercana a esta caricia de aromas, que se funden en una maravillosa fragancia que invaden sus vidas... y ya no hay padre ni hijo, es solo esencia. Y es tan bella que no solo se percibe: se ve, se siente... como una acuarela perfecta de barrio, casa, fueye y Rock. Como si el gordo Troilo y el Indio Solari, desde un rutilante escenario, les diesen un concierto, de bolsillos llenos de deudas saldadas...

Héctor Gaspar Guaglianone.

viernes, 29 de octubre de 2010

En el mazo de la vida, la imprudencia es el comodín

En estos días de luto nacional para un sector, gente que quiero, aprecio, atesoro, valoro, gente cercana y de buen corazón, me ha ofendido.

Se que no lo han hecho intencionalmente. Que lo han hecho de forma indirecta, sin saber que me estaban afectando. Muchos desconocen mi simpatía por este gobierno, ya que no soy alguien que ande por ahí haciendo arengas políticas, militando ni manifestando abiertamente mis creencias, apoyos y convicciones políticas. Quizá para evitar alguna discusión, quizá para sortear alguna tensión. Una forma cobarde y pasiva de actuar, visto desde los ojos de la pasión. Una forma prudente, visto desde los ojos del respeto y del conocimiento propio: me reconozco pasional a la hora de discutir, no así necio ni cerrado. Es entonces que decido y prefiero no mencionar la política en ciertas reuniones, si no conozco bien la posición dominante, y optar por elegir los siempre encantadores, sencillos y apasionantes temas como el fútbol, la música, películas, series, libros y demases. Lo que no evita que varias veces tenga acaloradas discusiones con alguno que otro que no tomó en cuenta lo que yo sí, empieza a mandar fruta, y ahí planto bandera y discurso.

A través de las redes sociales, me he encontrado con desafortunados exabruptos, comentarios repudiables y posturas incomprensibles por gente de mi misma condición social, de mi misma edad, más jóvenes incluso, todos laburantes, opinando venenos como viejos acomodados de clase alta, injuriando en contra de sus propios intereses.

La muerte es un tema sensible, sin dudas, pero en absoluto me manifiesto en contra de un chiste negro. Soy gran simpatizante de ese estilo de humor, suelo comentar barbaridades tremendas, chistes de mal gusto, provocar algún repudio y carcajadas de gente con pocos escrúpulos, así que no pasa mi ofensa por un cauce ético ni moral, que exige "un poco de respeto, che, al finadito".
Pero la diferencia radica dónde y cuándo los hago: nunca delante de desconocidos ni de gente a la que sé que puedo humillar en su amor propio o herir. Siempre con gente que me conoce y que sé de su humor sin límites ni prejuicios, o que les chupa un huevo. Menos aún, entonces, a través de una red social, tan expuesta al mundo todo.

La imprudencia, que echa hielo y brasas a los corazones, y camuflada como libertad expresiva (a pesar de que este gobierno la coarta, y la Ley de Medios sea un vehículo para llevar a cabo la sencilla y fácilmente viable empresa de eliminar todos los medios opositores e implantar sólo medios oficiales) decidió que era buena idea mofarse públicamente del deceso de alguien a quien cientos de miles de personas respetan, admiran, valoran, apoyan, adhieren y/o aman. Y que sienten eso por motivos tangibles, presentes, innegables: gracias a ciertas medidas en pos de un proyecto y un modelo, miles de argentinos que hace unos pocos años atrás estaban dentro de ese 50% de pobres, y comían de la basura, estaban ese miércoles, jueves y viernes a moco tendido, despidiendo a uno que les devolvió la dignidad de tener un plato de comida caliente, trabajo, jubilación, subsidios, cierta igualdad. Pibes que desconocían las tostadas con manteca y mermelada y la leche chocolatada antes de la Asignación Universal por Hijo. Oigo a un flaco, menos de 25 años, que en los 90 "andaba sin zapatillas, revolviendo tachos... ahora laburo, Néstor y Cristina en casa son mamá y papá". La señora, ama de casa, que cobra una jubilación "por haber cuidado mi casa y criar a mis tres hijos". La muchacha con el niño en brazos que con su presencia agradece, llorando, porque "mis viejos vivían en un rancho, y ahora tienen un techo digno y una jubilación, que nunca tuvieron". Como la viejita que sollozaba y afirmaba que "estuve siete años para cobrar mi pensión, y llegó Néstor y entré a cobrarla, y ahora tengo mi platita para comer". Y los ex combatientes de Malvinas, héroes pidiendo limosna, eternamente ninguneados, que hoy cobran por primera vez un subsidio y ahí están, haciendo cola solamente para agradecer. A qué humilde perjudicaron para generar tanto odio?

Me ofende, si, porque nunca les falté el respeto, que gente que aprecio me considere, a mí y a tantos otros que piensan como yo, que reconocen y valoran estos gestos que me resultan inéditos, como un ingenuo, un ignorante, o directamente un descerebrado. Un imbécil del montón que cree que, por ejemplo, el encarcelamiento de los genocidas es una maniobra para que los idiotas pensemos que el gobierno está comprometido con una causa que no es genuina, sino demagógica, y que manipulan y se "apropian" (?) de los Derechos Humanos. Un absurdo que insulta la inteligencia de cualquiera. Como si la agrupación H.I.J.O.S., las Madres y Abuelas de la Plaza, actores, reclamantes y beneficiarios principales de esta política, en algún momento hubiesen planteado que para poner tras las rejas a los asesinos, violadores y torturadores de sus padres, madres, hijos y hermanos, debían hacerlo "sin demagogia". Sino no, que sigan libres hasta que venga alguien que lo haga porque lo siente "de veras".

Mientras los tarados aplaudimos la derogación de las leyes de impunidad, el desconocimiento de los que tienen "la posta" cobra forma y expone los discursos fallidos: demagogia es lo que utilizan en campaña aquellos que por un puñado de votos dicen lo que suena bien y queremos oír, fogueando las emociones populares. Llevado a la práctica deja de ser demagogia, pasa a ser acción política. Un hecho. Punto.

Antes del 2003, podías encontrarte a Etchecolatz o Astiz tomando un capuccino en una esquina de Recoleta, o paseando sus almas harapientas en El Rosedal. Hoy sus intestinos, desacostumbrados, se retuercen en una mugrienta letrina de la tumba.

La bofetada, el odio y el desagradecimiento como moneda de cambio al reconocimiento, por mínimo que sea, es lo que pone a mi sentido común y de justicia en un lugar de desconcierto, a balancearse en la cima de una inmensa piedra negra, angulosa y resbaladiza, que se alza en medio de un circo aburrido de caras sin ojos ni oídos, solo bocas que no callan nunca.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Chau, crack!


Adiós al más grande líder político y estadista de las últimas siete décadas.

Enorme pérdida para los sin jeta, cuyo vacío experimenta cruelmente con mis esperanzas y con la sensación de desamparo. En mi memoria siempre.

Se fue laburando.
"Cuando estaba en la cama me decía: 'levantate, no te podés quedar en la cama. Tenés que acompañar a Cristina'"

GRACIAS!!!!

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Y un día volviste


Alguien dijo una vez
que yo me fuí de mi barrio...
¿Cuándo? ¿Pero cuándo?

¡Si siempre estoy llegando!

martes, 14 de septiembre de 2010

Y un día volvió *

Blando sueño de la infancia
que hoy chistaste a mis espaldas
tu carita me es lejana
pero siempre familiar,
yo que te abandoné lejos,
como un santo a un mal deseo,
hoy volvés como un espejo
que refleja años atrás.

Sin rencor pero angustiado
me mirás como a un extraño
la pupila se te agranda
y entre el brillo me mandás:
"qué tirado me has dejado,
mirá que flaquito estoy...
que fue de aquellos anhelos
que arropé en tu corazón...?"

Yo te abrazo y te acaricio
y te siento las costillas,
qué poquito que has manyao'!
pesa más una colilla...
huelo en tu hombro ese perfume
de mi antigua habitación,
y el aroma de la almohada
donde forjé esa ilusión
que hoy me chista y me reclama
lo que fui, y ya no soy.

Que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.

Ya amanece, cierra un bar
vení que te quiero invitar
marcho una copa, prendo un pucho
vos meta chocolate y churros...
tu inocencia me condena
y avergüenza mi pesar.
Queda tanto por hablar
pero se nos cierra el bar,
y es ahí cuando de nuevo
oigo lejano al churrero
que con su canasto lleno
nos invita a irlo a buscar...

Viejo amigo, sueño mío,
no culpemos al olvido
que si te postergué, fue por un amor
si te postergué fue por un ardor,
por un vicio, y un suplicio
por fantasear otro destino
renegando de tu abrigo
y también, por cabezón.

*Dedicado a mis viejos, y a aquellos churreros de la costa Atlántica, estén donde estén, que aportaron su granito para hacer de mis vacaciones de niño un lugar más sabroso.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Su recuerdo le agitó la savia

Lo que me mata de los viejos es esa regresión a la infancia que tienen en el crepúsculo de su vida. Me refiero a ese comportamiento desobediente, anárquico y rebelde, propio de los niños, y esa pérdida de unos modales que son implantados precisamente en esa etapa germinal de la vida para encarar una sociedad, un mundo y un sistema del que ya se están despidiendo con un corte de manga.
Se mandan unas cagadas de novela y ante la increpancia esgrimen una sarta de justificaciones y mentiras donde uno no sabe si está hablando con alguien de ochenta y nueve años o de tres.

Mi abuela China, esa con quien cada tanto sueño, en sus últimos tiempos estaba intratable. Todo aquel que la rodeara corría riesgo de volar en pedazos. Y se cagaba en todo lo que uno podía decirle porque, o se olvidaba completamente que se le había advertido que no haga algo, o simplemente porque a esa altura de su vida, noventa y pico de años, no iba a cambiar hábitos que la acompañaban de hacía décadas, lógicamente. Y también porque le chupaba una teta. Entonces si la retabas por hacer lo que no debía, porque era un peligro a su edad, revoleaba la mano derecha hacia atrás propiciando un certero "máaa, váyanse al catzo vos y todos". Y ante esa respuesta me cagaba de risa y ella también, y ahí quedaba todo. Hasta que al rato se mandaba otra, como la vez que se confundió la heladera con el horno y metió el sifón de soda de vidrio dentro de él, que por suerte estaba apagado. Al respecto, las llaves de gas las dejaba constantemente abiertas y como la cocina estaba pegada a un patio interno, zafamos cantidad de veces de morir como ratas.

La abuela China todo el tiempo me estaba asistiendo y proponiéndome hasta mi hartazgo comer de todo. Me acechaba cuando estaba leyendo o viendo tele.

-Javiercito, te preparo una leche?
-No, gracias abu.
-¿Y un sanguchito?
-Nah, tá bien, posta.
-¿De veras no querés un pedazo de pollo?
-No, en serio...
-Dale, te hago un paty.
-¡Pero! ¡Que no!
-Hay galletitas...
-¡No, abue! ¡No tengo hambre! ¡Te juro que te re agradezco, pero no!
-Bueno, vos decime si te agarra hambre que a mi no me cuesta nada eh.
-Dale, te aviso.

Luego se sentaba al lado mío y a los diez minutos arrancábamos de nuevo el mismo diálogo. Y así, entre cinco y diez veces por día.
Una de las tantas veces en que accedí a que me prepare unas milanesas, vi como de la sartén salía un impresionante cantidad de espuma. Cuando le pregunté que aceite le había puesto, me mostró la botella del detergente Ala limón, y la muy cabezadura se quería comer las milanesas igual para no dar el brazo a torcer. De no ser que se las arrebaté del plato y las tiré a la basura, habría largado burbujas por la boca durante semanas.

La Abuela María, otra. La ultraperonista y Racinguista mamá de mi vieja.
Con ella tenía una relación muy especial porque me crié los primeros años de mi vida en el departamento que mis tíos y ella tenían en Almafuerte y Avenida Caseros, frente al Parque de los Patricios, en el barrio del club de mis amores. Mis viejos trabajaban todo el día y me pasaban a buscar a la noche, para dejarme de nuevo al otro día. A veces me pintaba quedarme, y me quedaba a dormir un par de días en su casa, donde la pasaba genial.

Andaba con diabetes y qué se yo que otras cosas, así que tenía prohibido todo lo que era rico y le gustaba. Por tal motivo, cada tanto se le realizaban allanamientos en su habitación, que daban como saldo dulces, golosinas y embutidos encanutados celosamente dentro de lugares estratégicos de su armario. Y no se hacía cargo del botín, respondiendo cual narco o consumidor al serles halladas sustancias ilegales, que "eso no es mío" o "no sé como llegó hasta ahí".

Como buena humilde trabajadora de clase media baja, siempre fiel a Evita y Perón, recuerdo cómo se encabronaba cada vez que le hacía con mi dedo pulgar e índice la "L" con la que se identificaban los liberales de la UCeDé de Álvaro Alsogaray; o si juntaba mis manos por encima de mis hombros como hacía Alfonsín, para molestarla. Me entraba a mandar que no me iba a querer más, que la había decepcionado, que nunca más me iba a dar tal o cual cosa. Entonces rápidamente hacía la "V" de la victoria Justicialista y me decía: "ahora sí".
No puedo evitar, cada vez que pasan un documental de ellos o del Peronismo en sí, buscarla en las cásicas tomas de los discursos en la Plaza de Mayo, entre miles de personas, donde asistía con mi mamá, en ese entonces de unos cuatro, cinco, seis años de edad.

Se fue cuando tenía diez años, y le lloré una tormenta. Pasó de un sueño al otro mientras dormía, y con eso uno ya dice todo. Cuando alguien se va con tanta paz...
Pero hubo dos situaciones que signaron su partida, dos sucesos hermosos e increíbles.

Estando en su velatorio, mi papá le puso un prendedor de Evita. Al darse cuenta de que estaba un poco torcido, intentó acomodarlo. Fue imposible. Todos los intentos por tratar de desprenderlo fueron en vano. Tironeó, hizo fuerza, pero nada, no había caso ni manera de quitarlo.
Al margen de interpretar el hecho como algo extraño, misterioso, del más allá o qué se yo, entiendo que hay una cuestión más profunda que abraza a las demás. Porque ese prendedor, con la imagen de la Abanderada de los Humildes abrochado como garrapata en la solapa y sobre el corazón así, medio torcido, no es más que el símbolo de un ideal y una identidad que se aferran mutuamente, con todas sus fuerzas, y también con sus torcidas falencias, hasta las últimas circunstancias, para marchar juntos a la eternidad.

Cuando mi mamá llegó del velatorio se sentó, abatida, sobre el sillón de mi casa donde siempre se sentaba la abuela María cuando nos visitaba. Junto a él, había una plantita muy amiga de mi abuela a la cual ella le acariciaba y le hablaba beatíficamente. Fiel a su condición, la plantita no se inmutaba y jamás la interrumpía.
Mi mamá la observó y ahí estaba, solemne, compañera y respetuosa ante el dolor. Comenzó a hablarle, a consolarse, y a recordar juntas a la abuela.
Entonces, sucedió: estando en un lugar donde el ventanal se encontraba totalmente cerrado y no había ninguna mínima correntada, la plantita comenzó a mecerse, suavemente, de aquí para allá.

viernes, 27 de agosto de 2010

Morfeo quiso acercarnos

Hace un tiempo, alrededor de un año, que las cosas con mi cuñado Pablo no están bien. Yo me muestro altivo ante la situación, pero íntimamente me mortifica.
Nos conocemos hace 20 años. Tendría unos 9 o 10 años cuando lo vi por primera vez, como amigo de mi hermano, y al tiempo se puso a salir con Romina, mi hermana, y tuvo con ella dos soles: Victoria y Elizabeth. Siete años duró su relación, luego se separaron.
Como padre es responsable y trabajador, algo que fortaleció mi estima hacia él al ver que no descuidaba a mis sobrinas. Quizá haya cosas que no me cierran en lo que se refiere a la relación que tuvo con mi hermana. Varias veces lo noté algo cruel para con ella, sobre todo estando separados, cosa que no me agradaba demasiado, ya que es mi hermana. Pero también ella tenía sus cosas, no menores, y decidí entonces no entrometerme en temas que no eran de mi incumbencia, de los cuales no tenía un panorama completo, y sobre todo de gente ya adulta.

Pablo siempre fue bueno, amable, respetuoso, y muchas veces compinche conmigo.

Extrañamente, una serie de altercados sucedieron el año pasado, cosa que nunca antes habíamos tenido, en los que en una determinada circunstancia sentí que él no había tenido un buen comportamiento conmigo ante un importante favor que le pedí, y eso desencadenó un primer roce. Consideré algo injusta su actitud, ya que en anteriores ocasiones tanto mis padres como yo fuimos complacientes con el, cuando lo necesitó, y por mi parte jamás le había pedido nada. El tema se habló y quedó todo bien.
Pero al tiempo, una situación familiar complicada que incumbía a mi hermana y una de mis sobrinas, Victoria, y en la cual él y yo tomamos posturas diferentes, nos llevó al punto de violentarnos verbalmente, amenazarnos y querer irnos a las manos.
A raíz de esto la relación cambió drásticamente entre nosotros, y hace unos meses un nuevo encontronazo telefónico nos alejó más aún. Salvando el primer hecho, del cual sostengo que Pablo no se manejó bien, en los dos últimos reconozco mi parte de culpa, que considero fue compartida, pero aun así pude por mi lado haber piloteado la situación de otra manera, y haber solucionado y sanado nuestro trato. Lo cierto es que en el momento fue todo muy eléctrico, hubo mucha tormenta agitando el mar de nuestras tolerancias, y nos resultó imposible llegar mansamente a buen puerto.

Ayer soñé con él.

Estaba con Vicky, mi pareja, de vacaciones vaya a saber dónde, y de repente aparecíamos en un lugar extraño, de luz tenue, algo así como un camping deshabitado donde en un terreno algo amplio y rodeado de árboles que lo delimitaban, había una pequeña casita, más bien un pequeño cuartito de unos veinticinco metros cuadrados y techo bajo, todo pintado de blanco, en el cual ingresamos y nos quedábamos aguardando a algo o a alguien. Chusmeábamos dentro de él y luego nos asomábamos a la puerta. Ahí vemos que a la distancia se acercaban, contentos y saludando desde lejos, mi mamá, mi papá, mis mencionadas sobrinas Vicky y Lizy, Pablo, y uno de sus seis hermanos, Carlitos, con el que más relación tengo de todos, y a quien quiero mucho porque es un tipo dulce, sensible y siempre sonriente.
Los recibimos, y ahí entendí que era a ellos a quien aguardábamos. Mi papá, Carlitos y Pablo se sentaban en unas sillitas y se quedaban charlando afuera. Mi mamá y mis sobrinas entraban con Vicky a la casa / cuartito, y yo las acompañaba adentro, quizá evitando la presencia de Pablo.

Mientras, el sueño continuaba con su parafernalia, desplegando su circo mágico de escenarios y tornasoles, de cosas y formas imposibles, de otros mundos, que iban mutando densa e imperceptiblemente, y yo investigaba a unas hormigas casi biónicas del tamaño de una aceituna que salían de una rajadura entre la pared y el suelo.

Luego de aburrirme con las hormigas mutantes, me asomaba a la puerta y, sin sentarme, me ubicaba en el medio del tridente Carlitos, a mi izquierda - papá, frente a mí - Pablo, a mi derecha. Con Carlitos y papá hablaba normalmente, a Pablo le respondía con monosílabos. El frío de mi orgullo había calado más allá de mis huesos, hasta mis sueños.
Al cabo de varias respuestas de ese tipo, casi dándole la espalda, Pablo me toma del brazo y me dice, sonriendo y con un dejo de melancolía:

-¿Porqué nos tratamos así?

Bajé la cabeza, y comencé a sollozar como un niño. Le respondí:

-Yo siempre te quise y te respeté...

Y ahí me desperté, angustiado.

viernes, 6 de agosto de 2010

Érase una vez...


El 5 de Agosto de 1910 nacía en Ensenada Herminio Masantonio. Ayer fue el centenario de su nacimiento, y hoy me siento raro. Raro de extrañar a alguien que se fue a los tempranos 46 años, cuando mi viejo tenía 14. Se puede extrañar, cuando se va, a lo que no se conoció en persona, como tantos ídolos populares han demostrado. Pero, ¿es posible con alguien que no fue contemporáneo de uno? ¿Que no se disfrutó ni se vio ni desde la distancia que marca una tribuna al campo de juego, ni siquiera aun desde la televisión, solo a través de fotos, historias, revistas, anécdotas y leyendas?

Para mi sí. Y no cuento con demasiada explicación: siento que lo extraño, porque íntimamente se que si él estuviera, todo estaría mejor en mi Quemero mundo. Me sentiría protegido. El Masa resume en su figura todo lo que me enorgullece de ser de Huracán. La camiseta, el escudo, el Palacio Ducó, el barrio, el arrabal, Manzi, el Ringo Bonavena y, por encima de todo ello, ahi está Él, como el guardián que custodia todo lo sacro que representan dichos nombres y estandartes.
Es nuestro San Martín, es nuestro Guevara, es nuestro Batman. El que rechazó una abundante oferta de la Juventus de Italia para quedarse en Parque Patricios. El que cuentan aquellos que compartieron la cancha y el vestuario con él que, fiel a su fama de guapo de barrio, cazaba de la nuca a los rivales que les propinaban brutales patadas a los juveniles que debutaban en la primera, para ponerse cara a cara y decirles directo a los ojos: "A los pibes, no. Vení y pegame a mí, si te animás."

Llegó de jovencito de la mano de Tomás Adolfo Ducó, y la historia de Huracán jamás volvió a ser la misma: le puso una corona. Como centrodelantero y durante 12 años defendiendo la camiseta del Globo, marcó 254 goles en 349 partidos, posicionándolo como el máximo goleador Quemero y como el tercer máximo goleador del fútbol argentino, detrás de Arsenio Erico (293) y Ángel Labruna (292).

En la Selección Nacional, se consagró campeón en los campeonatos sudamericanos de 1937 y 1941, y goleador en los de 1935 y 1942. Masantonio cuenta con el mejor promedio de gol con la celeste y blanca: 1,10, producto de 21 goles en 19 partidos.

Otro hito Quemero se forjó con El Masa dentro del campo: en 1939, uno de los 7 torneos en los que Huracán fue subcampeón, el equipo logró despachar por única vez en su historia a los 5 grandes en una rueda: 2-1 a River en Núñez, 3-1 a Boca en la Bombonera, 3-0 a Racing en Avellaneda, y 3-2 a Independiente y San Lorenzo en el Ducó.

La justicia del destino le sonrió a su grandeza: fue Hermino Masantonio el primer jugador de fútbol en poseer una calle con su nombre, una en Parque Patricios y otra en Ensenada. Y cuenta con un monumento frente a la sede, un sector en la platea, en esa donde su temperamento lo ha mandado tantas veces a ver los partidos de afuera, por plantársele a la dirigencia y a algún que otro técnico, y le han compuesto dos tangos: "El mortero del Globito" y "El Pampero de Patricios".

Te quiero, Masa. Y eso es todo lo que tengo que decir al respecto.


jueves, 5 de agosto de 2010

Gas americano "Rosa Rusa"

El Coronel Hampton es un tipo salado que con su estampa te deja jadeante y medio raro, con la incomodidad yendo y viniendo por cada rincón del cuerpo cuando su mandíbula austera se aprieta y los labios se le fruncen. Da la sensación de estar haciendo presión con la quijada, para no dejar escapar el odio y la arrogancia de su humanidad, y permitirles recostarse insomne en la frialdad de su síntesis de pensamiento. En su cuartel es el que copa el sillón más cariñoso y se entrega al letargo frente a un monitor vigilante y delator, donde aprecia el mapamundi con frecuencia y lo repasa como un radar de carne y células, buscando algún objetivo que lo saque de su embole milico.

Un aleluya perverso brota de sus labios al divisar un pequeño territorio no importa su nombre, virgen de balaceras y caos y, caramba... esto no puede ser. El mundo es hostil y la paz es un grano pusiento en su revoltosa filosofía. Asi que garras a la obra: a papelear las autorizaciones gubernamentales correspondientes, a gestar el argumento persuasivo a través de los medios abyectos y del discurso ácidamente empalagoso, absurdamente perspicaz para los cerebros sin criterio, y mediante el accionar del camuflaje intruso dar sendero a la causa infame, al motor de fuego.
Las movidas salen bien, la barrera se levanta sinuosa y siniestra para dejarle paso a la impaciencia, que tanto carcome el buen reposo de las mentes.

Ahora bien, lo que en primera instancia parecía ser la obra de un loco uniformado, esa raquítica desnudez de un motivo absurdo o un no-motivo, lentamente empieza a cubrirse con la piel de una causa justificada. Y para nuestro bien.

Asi es: no será esta una masacre cualquiera.

Es totalmente necesaria y revolucionaria en materia de armas químicas. El ejército y las fuerzas del orden son totalmente concientes de que el día de mañana, el destino de cualquiera de nosotros se puede ver afectado, como en este caso, por el aburrimiento, o bien por la ambición, la intolerancia, la xenofobia o la borrachera de algún alto mando. Es así entonces que luego de discusiones prepotentes y reuniones a cara de póker tanto en el Pentágono como en ratoneras cromadas a trescientos metros bajo tierra, inéditamente han considerado que los Deshechos Humanos, perdón, Derechos Humanos, deben prevalecer ante todo, y si vamos a crepar, que sea de forma cómoda, digna y relativamente agradable. Por eso, más allá del mero hecho de romper las pelotas con bombardeos y vuelos rasantes, es también este “conflicto” predispuesto un buen motivo para probar el nuevo perfume letal que han desarrollado los laboratorios, que se aseguran así el avance de sus proyectos, financiado por obra y gracia del presupuesto de los que se aburren con la vagabunda armonía:

*** ¡NUEVO! ***

Gas Americano “Rosa Rusa”, ahora con nueva fórmula, pensada para que con delicada y cremosa suavidad tus pulmones se hagan mousse, dejando una deliciosa fragancia a valle virgen en las tripas y la garganta.

A fin de cuentas, un misericordioso acto militar para que mientras fallezcas, no respires ni dejes contaminada la atmósfera con la nauseabunda cloaca de tus órganos deshechos.

Los avioncitos zumban como avispas blindadas sobre las aldeas, y desparraman el dulce gas sobre bosques, ciudades y praderas. Es como Carolina Herrera vomitando bilis.

¡Acción! El set está armado, ahora pasen y vean, que ya las cámaras se engolosinan calcando las imágenes del antes y el ahora. Aprecien la devastadora obra de arte que llega fugaz a las pantallas del globo, de cómo lo que era un paisaje terapéutico para los divinos, ahora con una pincelada de sangre y neblina se transforma en un cuadro pintado como con garfios renacentistas que destripan todo lo que late, respira, siente, descansa, sueña y se retuerce frente al dolor.

Nuestro talento, el Coronel Hampton, baja las imágenes que le llegan a su ordenador por cortesía de la CNN, la de los Timburtianos árboles huesudos y quebradizos, de las irreconocibles masas de carne humana y animal, todas expuestas, y de las lenguas de fuego que lamen las cosechas y los hogares, y las guarda en su carpeta para subirlas a su fotolog (www.holywarimages.com/hamptonpics).

Y como un último jadeo moribundo, de pronto todo acaba.

Ya no hay tiempo ni lugar siquiera para pesadillas, esos cuasi demonios que mutan traidores de sueño a tormento, alimentándose cobardemente de nuestro temor adormecido y del aroma del sudor frío.

Cuando la humanidad está en la mira del caos, éste no se apiada de nada de lo que envase el individuo. Ni siquiera de sus miserias, ni siquiera de su perversión. De nada. Todo va al horno que abrasa las esencias.

Y mientras nuestro lodo esté fresco, con pasividad y relax apreciaremos, control remoto en mano y acariciando una mascota, como el tormento y la maquinaria del dolor nos cauterizan el alma desgarrada y entretiene el morbo, ese gusanito simpático y socarrón que va cicatrizando, sinuoso, las heridas que esta realidad que aceptamos sin chistar, agrietan, desangran e infectan.


Máscara antigas de Mickey Mouse. Fabricadas en 1942

para que los niños jueguen y se protejan a la vez.

lunes, 2 de agosto de 2010

ABUANTE


El Padrino (primera parte) fue elegida la mejor película de la historia a través de una encuesta realizada por el diario El País de España, donde participaron un centenar de directores y actores latinoamericanos y españoles, entre ellos Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín, Juan José Campanella, Gael García Bernal y Pedro Almodóvar.

Nadie desconoce que es una de las películas más aclamadas de la historia, sustentada por once nominaciones al Oscar en 1972, de los cuales se alzó con tres (mejor película; mejor actor - Marlon Brando, quien rechazó el premio y en su lugar envió a una actriz estadounidense de origen indio, que se manifestó en contra del tratamiento que recibía su pueblo en las películas de Hollywood -; mejor guión adaptado - Mario Puzo y Francis Ford Coppola -) y cinco Globos de Oro en 1973. Que en la estadística se sumen a los elogios que históricamente ha recibido el film, algunos de los más grandes exponentes del cine latino e hispano, no debería sorprender, relativamente hablando. El contexto de la encuesta era titánico: compitió con joyas del cine llevadas al celuloide de la mano de gigantes como Ingar Bergman, Martin Scorsese, Federico Fellini, Ridley Scott, Orson Welles, Luis Buñuel, Charles Chaplin o Alfred Hitchcock, entre otros. Al ver estos nombres, no sería descabellado que hubiese entrado en otro puesto. Pero no. Se alzó con el podio. Algo que personalmente me satisface y alegra profundamente, por ser mi película favorita de todos los tiempos. Esa que vi decenas de veces y volveré a ver tantas veces como a mi alcance esté. Me fascinan totalmente sus diálogos y todos y cada uno de sus personajes, desde el consiglieri Tom Hagen (Robert Duvall) y el pendenciero Santino (James Caan), pasando por el fiel caporegime el gordo Peter Clemenza, y el traidor Salvatore Tessio, hasta sus enemigos de las otras familias, Emilio Barzini y Bruno Tattaglia, como así Virgil "el turco" Sollozzo, quien manda a matar a Don Corleone, hecho que se plasma en la famosa escena donde recibe seis disparos frente a su hijo Fredo (pero aun asi sobrevive) por no financiarlo ni aceptar ingresar en el negocio del tráfico de drogas, que en los años '40 comenzaba a ser el paso siguiente al de los manejos de alcohol, clubes y casinos, ya que redituaba sumamente más. Las otras familias sí iban a acceder, con la condición de negociarla solo a los negros y los latinos, a los que consideraban animales. Pero jamás en escuelas ni a niños, lo que consideraban una infamia.

Como un detalle, nótese que a lo largo de todo el film (tres horas de duración) en ningún momento se menciona la palabra "mafia". Omisión deliberada por parte de Coppola y Puzo para no generar más problemas a los que venían sucediendo previo a la filmación, tales como protestas de la Liga de los Derechos Civiles de los Italoamericanos, amenazas de bomba, cantidad de intimidaciones, vinculaciones de la filmación con, precisamente, la mafia.

Brindo por esta nuevamente merecida elección, por Brando, Pacino, Caan, Duvall y toda la larga galería de actores que encarnaron a estos fascinantes y atractivos personajes, con sus particulares y bizarros códigos ¡Salud, Godfather!

jueves, 29 de julio de 2010

My Way

Dentro mío está plagado de carteles indicativos falsos o, en el mejor de los casos, errados. Las frecuentes señalizaciones de "SALIDA", que me aparecen cada dos pasos como hojas en otoño, asiduamente me llevan a callejones que carecen precisamente de ella. Detrás de los de "PROHIBIDO PASAR", "PELIGRO", "NO PISAR", que mi lado conservador dispone con firmeza y letra gruesa, para mantener en orden y secreto vaya a saber qué, suelo encontrar una verdad, una solución, una satisfacción oculta.

Caminando por mis calles voy discirniendo, poco a poco, cuales son aquellos también que mi enemigo íntimo gira en direcciones opuestas, o fabrica sobre la marcha y los clava ahi, en alguna oscura esquina de un barrio que desconocía en mi ciudad, cuando ando medio desorientado, aumentando la confusión. También lo hace cuando mis pasos van bien encaminados. Asi, como el Coyote al Correcaminos.
Cuesta ignorarlos. La mayoría son tentadores por los atajos que ofrecen o por la tranquilidad y comodidad que proponen.

Partiendo de esta base, no me queda otra que optar por hacerles la contra.

"ATENCION - A 100 METROS PRECIPICIO - GIRE A LA DERECHA". Bueno, me mando por la zurda. O sigo derecho, seguramente no exista tal vacío.

Desempolvo la brújula del instinto cuando estoy en tierra de nadie. Dicen que para nacer hay que destruir un mundo. Que la vida surge de la muerte. Que para salir bien a flote, se debe pisar fondo. Supongo que para encontrarnos, entonces, a veces debemos perdernos. Suelo adentrarme en mis laberintos y me mando a la marchanta a pura intuición, a lo perro, solo valiéndome del olfato. Y puedo asegurar que cuando más perdido parece que estoy, cuando parece que me embromé, que no voy a salir nunca de ahí, encuentro de repente a mi costado coherente doblando alguna esquina, como quien no quiere la cosa. Pero no, nunca por casualidad.

-Hey! Apareciste... vení, vamos a tomar algo y charlamos. Andá a saber cuando te vuelva a cruzar...- me dice, me digo.

Y son esos momentos donde me desayuno lo bien que la paso conmigo.

domingo, 25 de julio de 2010

Dios me salve, María...

- Esto sos vos -, me dijo, y señaló alrededor de nuestro hogar.
Lejos de resumirme a un puñado de cosas, a través de todo eso que fui adquiriendo en pos de un proyecto de convivencia, poquito a poco, me mostraba la evidencia de lo apto y diligente que era a la hora de encarar una responsablidad de ese tipo. Pero ese día había vuelto a fallarle. Tenía que pasar música en una fiesta de cumpleaños en el bar de un amigo, y...

- A que hora volvés?
- Entre las 5 y las 6, bebé.

Caí a las dos y media de la tarde. Los malos hábitos me habían arrastrado lejos de ella y de mí por milésima vez. Una vez más, mi escaso metro setenta, mis setenta y tres kilos y mi falta de conducta habían desatado un vendaval de angustia que se llevó puesto no solo a mi pareja, sino a mis suegros y a mis padres, que lloraban desconsolados a la distancia. Casualidad o instinto, llamó mi madre esa mañana desde Mar del Plata, cosa que nunca hace, para ver como estaba. Vicky, con el agobiante peso del desvelo a cuestas, no pudo contener el llanto y confesar que no había regresado, con todo lo que eso implica un día de semana.

-Esto sos vos - me repitió.

La tristeza infinita de ver como había roto en mil astillas la vasija de cristal donde estaban depositadas mi credibilidad y su confianza, se traducía en un vacío interno que se expandía lenta y dolorosamente, como una ola de antimateria que desintegraba mi carne y mis órganos, dejando como resultado un cuerpo ahuecado donde solo habitaba mi alma expuesta, que para ese entonces se hallaba reducida al tamaño de una luciérnaga herida que titilaba lastimosamente en la silenciosa oscuridad de la nada.

Cuando desperté, a eso de las ocho de la noche, comencé a juntar mis prendas. Todo estaba acabado, lo había roto todo. Jalé demasiado de una soga que no era tan gruesa a esta altura de mi vida, solo un rejunte de hilachas absurdas. La pena y la desolación ahora carcomían lo que quedaba de mi alma avergonzada. El viejo recurso de comparar mis miserias con las de otros seres despreciables ya no surtía efecto: era un miembro más de ese club bastardo. Y no iba a soportar ni el fulgor de la pureza de su mirada ni la tela brillosa de sus ojos donde se pincelaba la defraudación.

Contra todos los pronósticos, su misericordia me acarició el rostro, me abrazó y me besó.

- Esto sos vos - dijo por última vez.

El reciente hecho todavía hace mella en mi. Solo puedo mitigar los resabios de depresión que arrastro por el injusto daño que había causado a la gente que amo expresándome a través de estas líneas, decorando este espacio como un confesionario, y aquel que lea esto será forzosamente mi párroco.

Asi que Padre Nuestro que estás en los Cielos...